Dos potencias condicionadas

Daniel Arcucci
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14 de noviembre de 2015  

Hoy, Neymar es Messi en Barcelona y, muchas veces, Neymar fue Messi en la selección brasileña. Su reaparición con la camiseta amarilla, justamente para este clásico, dejaba desequilibrado el afiche del partido y expuesto al seleccionado argentino, más huérfano y necesitado que nunca de su referente futbolístico. No es expresivo Messi cuando está, más allá de lo distinto a todos que hace con la pelota, y menos lo es cuando no está, lejos en la distancia geográfica y lejos de los gestos de aliento y compañía. Así las cosas, Brasil tenía la posibilidad de contar en la cancha con un nombre propio como respuesta a sus dilemas, que no son menores que los de la Argentina, mientras la Argentina tenía que buscarla por otro lado, ya no en uno solo sino en varios.

La 10, emblemática y pesada, fue a parar a la espalda de Di María, que durante un buen rato se hizo cargo a su manera, con una explosión que parecía haber perdido, mezclada entre la medianía de los demás. Pero no fue, en ese lapso, la rebelión de un hombre solo. El gol argentino lo encontró como nexo mágico entre varios nombres que no gozan de la confianza ni del respeto mayoritario: Banega, Higuaín, Lavezzi. En ellos, más Roncaglia que se hacía cargo del solitario y deambulante Neymar, asentaba la Argentina su mejor tiempo en mucho tiempo, sobre uno de los peores Brasil de cualquier época.

Bastó que Dunga se diera cuenta de que a tipos como Neymar -como sucede con Messi, cuando está- hay que darle socios, aunque sea para que imaginen que tienen con quien dialogar. Bastaron dos minutos para que Douglas Costa, que demasiado había estado en el banco, fuera protagonista de la jugada del empate inmerecido.

Con Neymar, el Brasil de Dunga fue apenas esa ráfaga de juego, que le alcanzó para aferrarse al empate. Sin Messi, la Argentina de Martino fue un atisbo de rebeldía, un intento de reacción colectiva.

Fue, al fin, el equilibrio pobre entre dos potencias condicionadas.

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