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Dueños del oro

Otro Dream Team intentará continuar en Sydney la serie invicta de 40 triunfos que comenzó la inigualable primera versión en el Preolímpico de Portland ´92.
Miguel Romano
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29 de agosto de 2000  

Aquella imagen será imborrable. Sucedió el 27 de junio de 1992, en el Memorial Coliseum, de Portland, el ya inutilizado estadio de los Blazers. El parquet estaba cubierto por las nueve delegaciones que lucharían en el Preolímpico por cuatro plazas para Barcelona ’92, entre ellas la del seleccionado argentino, encabezada por su capitán Marcelo Milanesio.

De pronto, durante esa ceremonia de presentación, el recinto quedó a oscuras, la música atronó con un tema conmovedor y un haz de luz ubicó en un rincón del estadio el ingreso del seleccionado que faltaba. Detrás de la inmensa bandera de los Estados Unidos brilló la blanca dentadura enmarcada en la inconfundible sonrisa de Earvin Magic Johnson.

El estadio de pie aplaudió ese momento sublime, histórico, mientras repiqueteaban en el aire miles de flashes. Un platillo volador acababa de posarse en el parquet y abría la escotilla para que descendiera el más poderoso equipo de basquetbol de todos los tiempos.

Milanesio, Campana, Villar, Uranga, entre otros, quedaron inmóviles y los observaron azorados, como si se tratase realmente de extraterrestres. Estaban todas las megaestrellas de la NBA jamás antes reunidas: Magic, Jordan, Barkley, Malone, Pippen, Ewin, Drexler, Robinson, Stockton, Mullin y Larry Bird.

Un equipo de ensueño. Imbatible. Un Dream Team, como acertadamente lo denominó la NBA cuando lo puso en la cancha para terminar con las dudas, para acabar con el peligro de que alguna otra medalla dorada se escapara de sus cuellos.

Por ir con planteles jóvenes, integrados por universitarios, padecieron la vergüenza de perder la final de los Juegos Panamericanos de 1987 en Indianápolis ante Brasil. Un año después sufrieron otro golpe tremendo: cayeron en las semifinales de Seúl 88 nada menos que ante la Unión Soviética por 82 a 76. Y por si faltaba una afrenta más, acá, en el Luna Park, ni siquiera llegaron a la final del Mundial ’90 que obtuvo Yugoslavia.

"Los soviéticos festejaron en Seúl como si le hubiesen ganado al mejor equipo de los Estados Unidos. Me dio mucho fastidio ver esas imágenes por televisión. Le habían ganado a unos niños", declaró Karl Malone mientras afilaba los dientes para Barcelona.

El Almirante David Robinson, integrante de aquella delegación que fue a Seúl cuando aún era universitario, comentó en su momento que esa caída "fue la humillación más dolorosa que sufrí en mi carrera".

Desde aquel memorable 27 de junio de 1992 en Portland, la NBA no abandonó su costumbre de ir con lo mejor, excepto en el último Mundial de Grecia ’98, cuando un paro de jugadores impidió la aparición de otra versión del Dream Team y, en consecuencia, que los Estados Unidos se llevara la medalla de oro.

En síntesis, cada vez que se presentó un Dream Team, los demás participantes entendieron que el mejor objetivo era luchar por la medalla de plata. Así sucedió con el irrepetible Dream Team I en Portland y Barcelona; con el siguiente en el Mundial de Toronto ’94, con la tercera versión que ganó en Atlanta ’96 y con el cuarto que se abusó de todos en el Preolímpico ’99 de Puerto Rico.

El Dream Team benefició a todos, excepto a la supuesta paridad competitiva que debería existir en certámenes de esta magnitud y a la equidad en los controles antidoping, que los de la NBA no pueden decir que los cumplieron. Sin embargo, la Federación Internacional (FIBA) estrechó lazos con la NBA al aceptar la inclusión de superprofesionales; el Comité Olímpico mejoró notoriamente su marketing con la presencia de las estrellas y los norteamericanos recobraron la hegemonía. Negocio redondo para los tres poderes.

Mientras tanto, en el basquetbol se sigue esperando el milagro. El momento en que un equipo terrenal le gane a los superhéroes. El susto más grande lo pasaron en la inauguración del Mundial de Toronto, cuando España vencía por dos puntos a 5m32s. Finalmente, aquél, el menos simpático de los Dream Team, pisó el acelerador y se impuso por 115 a 100.

Debe aclararse que el nuevo Dream Team no lleva a los más brillantes jugadores. No estarán Shaquille O’Neal (se negó), Kobe Bryant (no lo citaron), Tim Duncan y Grant Hill (lesionados), ni los veteranos Karl Malone, David Robinson y Pat Ewing o Scottie Pippen.

Además, esta versión que llegará a Sydney, no tiene los puestos bien cubiertos, sobran perimetrales y faltan pivotes. "Para suplir eso tendremos que lograr un buen juego de conjunto, hacer todo en velocidad e imponer la mayor potencia física", dijo el técnico Rudy Tomjanovich.

Australia, con sus ex NBA Andrew Gaze y Shane Heal y los gigantes Luc Longley, Paul Rogers y Chris Antey, aparece como un rival de consideración para los Estados Unidos. Lituanos, chinos, yugoslavos y rusos serán protagonistas, pero difícilmente candidatos a dar la gran sorpresa que el mundo espera.

"Todos saben que tenemos un gran talento y que sólo se trata de encontrar el juego ideal para llevarnos la medalla. Somos los mejores del mundo y si bien tenemos menos estatura que Australia, nuestro estilo rápido y de lanzamientos certeros nos permitirá quedarnos con el oro. De todos modos, si no ganamos por más de 20 puntos cada partido, seguramente seremos criticados", confesó hace unos días Alonzo Mourning.

¿Arrogancia, convicción, mentalidad ganadora o simple realidad?, cualquier razón es válida frente al dominio absoluto de los Dream Team, que obliga a todos, quizá como en ninguna otra disciplina, a competir por la medalla plateada y rezar por que se cumpla el milagro dorado. ¿Ocurrirá alguna vez? ¿Podrá ser en Sydney?

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