El corazón del Vikingo Nandez guía la reconstrucción de Boca

Crédito: @BocaJuniors
Román Iucht
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3 de mayo de 2019  • 17:00

"Nunca".

Así de tajante como en busca de cada balón dividido en el césped mendocino. Así de enfático como cuando arengó a sus compañeros, antes de la definición por remates desde el punto del penal. Igual de visceral que en el momento de un festejo que se pareció más a una liberación de angustia que a una fiesta.

Desencajado como un guerrero de la serie "Vikingos" su lenguaje corporal y sus alaridos de júbilo, no hacían más que ratificar la importancia que la Supercopa Argentina tenía para un grupo en pleno proceso de reconstrucción. Cuesta aceptar que se trata de la misma persona. Su metamorfosis es enorme. De civil es un mar en calma, siempre con el termo y el mate como aliados. En el campo se transforma en ese guerrero cuya personalidad lo llevó a ser el capitán más joven de la historia de Peñarol del otro lado del charco.

Cuando le preguntaron a Nahitan Nandez si su presencia en el partido ante Central había estado en entredicho por alguna dolencia física, su respuesta incluyó una sola palabra. "Nunca", fue suficiente para entender y confirmar de qué está hecho este joven oriental, dueño de unas cuantas batallas sobre su piel curtida.

Boca debió sufrir más de la cuenta para quedarse con la Supercopa Argentina, pero la justicia y el fútbol, parientes lejanos muchas veces, en algunas ocasiones terminan dándose la mano. Figura de un partido técnicamente ordinario, el uruguayo mostró sus dos facetas para el juego. Cuando hubo músculo descolló con su temperamento, cuando en cuentagotas apareció el talento aportó desde su determinación. Construyó con Zárate la mejor combinación del partido, que culminó con un zurdazo desviado, ubicó un cabezazo que desvío mediante, terminó en el travesaño del arco de Ledesma y fue la bandera de la asfixia a la que Boca sometió a los rosarinos, en ese cuarto de hora final en el que mereció quedarse con la victoria.

Crédito: Marcelo Aguilar

La herida del 9 de diciembre en algún momento cerrará y se volverá cicatriz. Cada vez que el Mundo Boca la observe el recuerdo remitirá a un momento doloroso, pero la vida es una acción que se ejecuta hacia adelante y quedarse atado al pasado no es una buena señal. De las postales de aquella noche inolvidable, siempre quedará la hidalguía de Nandez para, fiel a sus principios, nunca claudicar a pesar de ser uno de los tantos a los que los dolores en el cuerpo le pasaban factura. Su reclamo a los jugadores de River que celebraban el tercer gol, para que se levantaran y siguieran el partido, fue un gesto que exhibe su temperamento: ya perdido, no quería darse por tal.

Luego de algunos sondeos con el Cagliari italiano que no llegaron a hacerse formales, la llegada de Alfaro lo consagró como uno de los pilares del nuevo ciclo. El entrenador lo considera pieza vital en la mitad del campo como complemento de Marcone, por su intensidad, su vigor y su capacidad para jugar atacando los espacios vacíos para llegar por sorpresa y sin el balón.

El hincha también resalta sus condiciones. El amor propio de Nandez respeta la esencia histórica de la fibra xeneize y ese plus anímico siempre despierta simpatía en un público que puede aceptar otras carencias, pero jamás la falta de fibra.

La obtención de una nueva estrella puede ser un punto de partida. Hasta aquí Boca ha sido un equipo cuyos números están muy por encima de su juego. Un logro como éste, trascendente desde lo anímico más que desde lo deportivo, tal vez acerque al juego a las variables que marca la estadística. En tiempos de búsqueda y consolidación, solo el futuro demostrará qué sentido tuvo la noche de festejo mendocino para un grupo necesitado de afecto.

Al fin y al cabo, nunca se sabe que es lo que está por venir, aunque para Nahitan Nandez esa palabra tenga un único significado.

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