El equipo que calca la historia

Daniel Arcucci
Daniel Arcucci LA NACION
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9 de julio de 2014  • 23:57

SAN PABLO.- En este atardecer del 9 de julio de 2014, Chiquito Romero , gigante, camina hacia el arco con la misma confianza con la que el Vasco Goycochea, enorme, caminó aquel anochecer del 3 de julio de 1990.

Arde San Pablo ahora como ardía el San Paolo entonces, aunque acá en Brasil hace un frío que cala lo huesos, en medio de una lluvia triste, y allá en Napoles estábamos en plena "estate italiana", con un sofocante calor de verano.

Ya escuchó, Romero, cómo Mascherano le gritó que iba a ser un héroe, así como Goycochea había escuchado de boca de Maradona que iba a atajar dos. La confianza se la ganaron en plena competencia, la misma que les había faltado antes de llegar al Mundial.

Ya escuchó el equipo, también, cómo más de medio estadio se le ponía en contra, con brasileños que de pronto se había transformado en holandeses, acá, así como los napolitanos se habían visto obligados a dividir su pasión, allá, con una bandera que lo explicaba: "Diego, Nápoles te ama, pero Italia es nuestra patria".

Parece empeñado, este seleccionado de Sabella , en recorrer el mismo camino que aquel de Bilardo, casi un cuarto de siglo después. Rompe maleficios, calca la historia. Igual de cerrado en sí mismo ante las críticas, primero. Igual de convencido para elegir un perfil, aunque no sea el más simpático, después. El día que comprendió que la fórmula de los cuatros fantásticos no funcionaba, eligió el camino de los once guerreros. Y allá va, como aquel. Casi disfrutando el sufrimiento. Haciéndolo parte de su personalidad. Ni cerca ha estado del ser el equipo más vistoso del torneo y ya no lo será, pero así llegó hasta donde llegó. Como aquel.

Romero atajó el primero, a Vlaar, así como el Goycochea había atajado el último, a Serena. Fue como si la serie de penales hubiera continuado, de manera mágica, con las imágenes en pausa durante 24 años. La proeza, después de un partido cerrado, táctico hasta la exasperación, vuelve a ubicar al equipo en el deseado séptimo partido y en el escenario soñado. En el estadio Olímpico de Roma debía estar Italia; en el estadio Maracaná de Río debía estar Brasil. Pero uno no estuvo y el otro no estará. Estará la Argentina contra Alemania, otra vez. Como entonces.

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