El fuego sigue siendo el mismo

Por Andrés Prestileo De nuestra Redacción
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6 de mayo de 2003  

Héctor Javier Velazco calza justo en la historia típica de los boxeadores; la que parecería venir asignada desde un guión prefijado. Hay que hurgar mucho en las leyendas de los rings para dar con algún peleador ajeno a ese prototipo: el joven que desde la necesidad encuentra en la rudeza del pugilismo una forma de sacar la cabeza a la superficie. En esa madera, hecha con no menos coraje que desesperación, se tallaron casi todos.

Es cierto que hay casos colgados para siempre de la memoria colectiva. Se sepa mucho o poco de boxeo, a cualquiera el recuerdo le acerca la elipse escrita por Horacio Accavallo. De botellero, faquir y canillita a campeón del mundo; de las privaciones a las súbitas marquesinas. Lo que siga a ese cambio brusco lo dirá el instinto o la personalidad de cada uno, pero Accavallo es sólo uno en la lista. A su manera, casi todos recorrieron un camino parecido: Locche, Galíndez, Palma... o Monzón.

Lo que justamente dispara la cita del sábado con Velazco es una nostalgia dulce para los fantasmas del Luna: el título mundial mediano como plato fuerte en Corrientes y Bouchard. El que aquel sauce fibroso de Santa Fe paseó por medio mundo con una autoridad fría, indiscutible, entre 1970 y 1976. El que detenía a Buenos Aires en aquellas tardes vertiginosas de sábado (fueron tres, ante Emile Griffith, Benny Briscoe y Tony Mundine). Como pasa hoy con Velazco, a Monzón lo acompañaba el desconocimiento del gran público cuando tuvo su gran oportunidad, en Roma, allá por 1970. Su huella la tomó Hugo Corro, con una fugacidad muy lejana a la estatura legendaria del gran campeón.

El peso mediano, expresión del biotipo perfecto de un atleta. Encuadre para nombres de leyenda en el deporte de los puños. Sugar Ray Robinson, para muchos el más grande de todos los tiempos. O nuestro Eduardo Lausse, aquel a quien no le alcanzó una gran campaña en los Estados Unidos para acceder a una pelea por el título mundial.

Son épocas diferentes. Ya no queda nada de la mística que envolvía a esos hombres, disuelta en una cultura que vuelve todo más efímero. Pero el fuego que calienta el corazón de los peleadores como Velazco es el mismo.

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