El fútbol, a un segundo plano

Por Enrique Macaya Márquez Especial para La Nación Deportiva
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24 de octubre de 2000  

El campeonato parece dirigirse hacia un final menos discutido que lo que hacía presumir aquella inicial paridad casi exclusiva de Boca y River. La sobria firmeza del puntero, la aparición de Gimnasia y Esgrima La Plata y Talleres, de Córdoba, metidos como cuñas entre los favoritos, y la reacción algo tardía de San Lorenzo comprometen más seriamente las chances de River, aunque su ubicación siga siendo amenazante para Boca.

En una fecha en la que los resultados no parecen estar demasiado reñidos con los pronósticos y las realidades, lo sorprendente tiene que ver con los desarrollos de los encuentros. Con el exagerado volumen de las tensiones, la presión sobre los protagonistas, y las conductas de éstos que no se ubican en lugares muy lejanos a los que esa misma realidad les está exigiendo.

Un ligero repaso sobre la acción de los medios en la última semana pone de manifiesto una recurrente técnica para privilegiar el potencial escándalo antes que el análisis del hecho futbolístico. De una reiterada insistencia en duelos más vinculados con la pérdida de prestigio que con la capacidad para jugar.

Parecería ser un pequeño, pero diabólico juego en donde se alimenta el monstruo para poder destrozarlo. Dar vida, identidad, trascendencia, al protagonista y sus realizaciones al margen del juego para después -en el tiempo de no juego- exigirle que juegue.

En el caso de Boca y Vélez, las particularidades supuestamente antagónicas mezclaron casi sin pudor pequeñas y pobres historias de un pasado reciente como el gol de Chilavert a Córdoba o la rivalidad de Palermo con el arquero de Vélez, o la casual circunstancia que ubica a Tabárez de regreso a Boca y a Bianchi enfrentando a Vélez.

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Reconocemos que en este fútbol altamente profesionalizado en la exigencia y casi indigente en otros aspectos que ese mismo profesionalismo no debería descuidar, el resultado es vital. Pero el resultado puede ser consecuencia o casualidad. Respuesta al acierto o al error. Todo dentro de la pobreza o riqueza de las posibilidades de cada uno. Hasta allí el público, el espectador, deberá resignarse -conociendo las reglas- a que le entregan un espectáculo de entretenida calidad o un encuentro sin atractivos.

Pero como el fútbol es tan apasionante para la mayoría de los aficionados argentinos, éstos ya en su condición de hinchas se dejan seducir por la engañosa propuesta de partidos unipersonales, duelos sin categoría, gestos de supuesto machismo, antes que por la calidad del producto que se le entrega.

Las exigencias del fútbol profesional privilegian algunos aspectos que encuentran alojamiento muy lejos del hecho lúdico. Más bien se ubican en el terreno de lo dramático. Y ahora parece agravado por la intolerancia y las urgencias que intentan revalorizar las individualidades antes que los equipos.

Es indudable que el estado de inseguridad social cargado de insatisfacciones no le permita al espectador elegir un menú mejor. El también concurre a la fiesta popular cargado de un especial apetito en donde todo viene bien. Sentirse representado por el que pelea. Por el que trata de ganar. Hasta por el que juega... dentro del reglamento o afuera de él.

Que no nos vaya a pasar lo de aquel profeta que comenzó predicando con éxito hasta que, poco a poco, la gente se fue apartando. El seguía gritando... hasta que alguien, sorprendido, le preguntó: "¿Por qué gritas... si ya nadie te escucha?"

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