El fútbol, frente a la posibilidad de su desaparición

Julián Mansilla
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17 de mayo de 2015  

Por estas horas, el fútbol argentino sumó un nuevo absurdo. Confieso que me exasperan -casi por igual- la entronización de la pasión, y el lenguaje que habitualmente se utiliza para hablar de la violencia en el fútbol. El culto a la supuesta pureza del hincha, por un lado, y la reducción del problema "a dos inadaptados que perjudicaron a 50 mil personas". Son las dos caras de la misma moneda. Porque apuntan a minimizar el conflicto y a establecer el razonamiento ingenuo y maniqueo de que hay buenos buenísimos y malos malísimos. Y que los buenos, por supuesto, son mayoría.

Yo tengo mis dudas.

Porque los energúmenos que se quedaron en la platea durante dos horas para impedir la salida de los jugadores de River no son "dos inadaptados". Y porque el fútbol se ha convertido en el espectáculo más hostil que existe en la Argentina, en el que los espectadores pagan precios comparables a los del Teatro Colón para ser sometidos a las reglas de la inhumanidad más incomprensible.

Todos los fines de semana, el fútbol argentino demanda la intervención de miles de policías, considerando que, por reglamento de la AFA, hasta los partidos de divisiones inferiores deben jugarse con custodia. Todos los fines de semana, decenas y decenas de comercios y viviendas cercanos a los estadios cierran sus puertas y se parapetan por temor a incidentes. Todos los fines de semana (y muchos lunes, martes, miércoles?), el ya de por sí caótico tránsito porteño se vuelve invivible porque parece que el fútbol necesita muchas cuadras liberadas, muchos retenes. Todos los fines de semana hay incidentes, heridos, detenidos. Y cada tanto, algún muerto. Un país que reclama a gritos mayores mecanismos de seguridad, tiene retenidos enormes recursos policiales por el fútbol.

En este contexto, el fútbol se ha transformado en una de las actividades públicas y legales más lesivas para la sociedad civil en la Argentina. Demanda y malgasta millones, somete a buena parte de la sociedad al miedo, desvía para sí recursos indispensables en otras áreas más importantes. Se permite todo. Es tan licencioso consigo mismo que parece autócrata. Y todo en nombre de la pasión, que parece ser el resguardo de todo.

Pienso en esta degradación, y se me ocurre analizar por qué es impensable la prohibición del fútbol argentino. Para muchos, parece una atrocidad, un hachazo antidemocrático. ¿Pero no hace con nosotros cosas mucho peores el fútbol argentino, sometiéndonos sistemáticamente a sus reglas? ¿Por qué no puede pensar la sociedad civil en rebelarse contra este mastodonte enloquecido que cada día necesita más para sobrevivir?

No tengo claro si la prohibición por tiempo indeterminado es la solución. Lo que me sorprende es que sea una hipótesis silenciada, casi marginal. Que el fútbol siga imponiendo sus condiciones. Incluso a los que, como yo, crecimos disfrutándolo, pero que ya comenzamos a sentirle olor rancio. Quizá, frente a la amenaza de desaparecer, reaccione, se disponga a una transformación sensata. Quizá también -es imposible negarlo- las hordas de ladrones y salvajes simplemente migren a otras actividades y luego regresen. Es imposible saberlo. No, mientras pensarlo parezca una locura. No, mientras no se lo confronte al fútbol con la posibilidad de su propia desaparición.

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