El futuro de la selección: Messi y Tapia marcan la cancha con la "S" de Scaloni

La charla de Messi con Scaloni y el resto del plantel
La charla de Messi con Scaloni y el resto del plantel Fuente: LA NACION - Crédito: Fabián Marelli
Andrés Eliceche
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3 de julio de 2019  • 23:51

BELO HORIZONTE, Brasil.- No hay recetas mágicas para transitar el día después de una derrota así de lacerante. Ahí están los ojos rojos de Paredes, Foyth, Dybala, Lautaro Martínez, mientras avanza un miércoles con gusto agrio, reflejo de una noche "dura, muy dura", como define un integrante de la delegación mientras el avión le apunta a San Pablo y no a Río de Janeiro. Hay algo que estira el dolor: tener que jugar por el tercer puesto y no la final de la Copa América, a esta hora, parece un castigo. Los jóvenes del plantel, bien representado por esos cuatro, son los mismos que impulsaron las palabras de Messi en la zona mixta del Mineirao, cuando las heridas estaban más abiertas todavía: "Empieza algo nuevo, algo lindo. Hay una camada buena, importante. Los chicos aman la selección y hay una base muy grande a la que hay que darle tiempo, espero que no les caigan con todo. Hay que dejarlos que crezcan". Esa expresión, en medio del enojo por el arbitraje, se leyó con agrado en una habitación del hotel, ya de madrugada: la del otro Lionel inscripto en la planilla oficial de la AFA...

Las broncas del día siguiente dejaron en un segundo plano el tema central: entender cómo seguirá la vida de la selección cuando la Copa se termine. Es que la jornada estuvo dominada por esa sigla que repiqueteó en la cabeza de los jugadores y los dirigentes desde que la derrota con Brasil quedó escrita: VAR. La queja formal de Claudio Tapia presentada durante la tarde a la Conmebol por la labor de Roddy Zambrano y los responsables del videoarbitraje monopolizó las conversaciones en el Radisson Blu: tal era el nivel de sospecha que se quejaban amargamente de que "Brasil no podía perder". Y entonces, el debate central se seguía dilatando. O, peor aún, ni siquiera a alguien se le ocurría presentar una moción para discutirlo en la sala.

Sonrisas entre Menotti, Tapia y Scaloni -Ayala, de espalda-, una escena en la antesala de la Copa; se vendrán nuevas reuniones
Sonrisas entre Menotti, Tapia y Scaloni -Ayala, de espalda-, una escena en la antesala de la Copa; se vendrán nuevas reuniones Fuente: LA NACION - Crédito: Fabián Marelli

El sábado, en el Arena Corinthians, Scaloni dirigirá lo que a esta altura puede presentarse como un partido más en su incipiente carrera. Desde antes de la semifinal, Tapia dejaba correr su idea: el entrenador tiene contrato hasta fin de año, y no hay ninguna razón para no respetarlo. Una postura parecida a la que estableció un año atrás cuando terminó el Mundial de Rusia: públicamente, entonces avalaba la continuidad de Sampaoli, luego eyectado. Pero ahora es diferente. Aquella vez, sus operadores hacían saber que emplearían todos los recursos a mano para desgastar al casildense y forzar su salida. Ahora, las palabras son diferentes: "¿Por qué no va a seguir?", se preguntan, con aparente ingenuidad, en relación a Scaloni.

El cuerpo técnico recibió con agrado las palabras de Messi, más allá de que Scaloni se cuidó de no pedir por su propia continuidad. "Dejamos una imagen para el futuro de esta selección y un camino a seguir muy bueno. Lo que hicimos nos deja tranquilos. La selección está por encima de cualquier entrenador", planteó. El mensaje era claro. Considera que en un año se sentaron las bases de la renovación y que la que viene será la etapa de consolidación del proyecto. Hay que unir con flechas las palabras para interpretar su convicción de seguir al frente del equipo.

Thiago Silva y su familia apuran el final del almuerzo en el restaurante París, en la esquina del hotel donde la selección exhibe su cara de derrota. A diez metros, cuatro hinchas argentinos, mezlcados con 20 mineiros, esperan la salida del bus hacia el entrenamiento. El contraste es natural: el defensor de Brasil luce la felicidad de haber pasado la prueba más difícil de la Copa, mientras Scaloni levanta la mano y saluda tímidamente mientras sube al vehículo. Messi, sentado en su asiento de siempre, será parte del grupo que hará movimientos livianos en la Arena Independencia, típicos del día siguiente a un partido. El capitán, cuentan, quiere estar en la cancha en San Pablo para dar la cara hasta el final: "Si puedo ayudar desde donde me toque y acompañarlos a los chicos, estaré", había dicho, enfocando el futuro inmediato. Él seguirá siendo el principal activo de la selección.

Claudio Chiqui Tapia, justo antes de ingresar al micro en la despedida de Belo Horizonte
Claudio Chiqui Tapia, justo antes de ingresar al micro en la despedida de Belo Horizonte Crédito: Fabián Marelli

En ese terreno de las palabras todavía no jugó otro protagonista, tan importante como Tapia, Messi y Scaloni: nada dijo desde Buenos Aires César Luis Menotti todavía. Lógico, si su declarado objetivo era esperar a que pasara la Copa América para empezar a ejercer plenamente su cargo de Director de selecciones, el tiempo le juega a favor. Tendrá que pasar el partido del sábado y reunirse al regreso con el presidente y el entrenador para bocetar sus conclusiones. Recién entonces asomarán sus ideas sobre lo que viene. Pero hay algunos datos que Menotti no desconoce, más allá de que está claro que el Scaloni entrenador no lo convence. Uno es que Tapia respalda al DT. El otro, que el mensaje de Messi, tan potente como cuando elige hacer silencio, a nadie le resulta menor.

El contrato del DT vence a fin de año. El mentado proyecto dispondrá entonces de seis partidos más: ante Chile (Los Ángeles) y México (San Antonio) en las fechas FIFA de septiembre; contra Alemania (Dortmund) y un rival a convenir en octubre; y dos más en la ventana de noviembre. Solo después vendrá el momento de decidir quién conducirá desde el 1° de enero, aunque el calendario apriete: si la AFA decide recién entonces mover el banco, el entrenador siguiente debutará en marzo directamente en las eliminatorias, sin margen para probar nada.

Dilemas que, mientras el avión de la selección aterriza ya de noche en el aeropuerto de Guarulhos, a nadie inquietan.

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