El gran día de Monasterio

Roberto De Vicenzo
(0)
29 de enero de 2002  

César Monasterio se hizo dueño del torneo de Acantilados, correspondiente al Tour Argentino de Profesionales. El tucumano terminó en lo más alto luego de una intensa lucha de 54 hoyos, que también tuvo como protagonistas a José Cantero, Jorge Berendt y Eduardo Argiró.

-Maestro, ¿qué le pareció el triunfo de Monasterio?

-César se había quedado con la espina porque no había podido ganar el año último y ahora se dio el gusto. Pero el desquite no fue contra los demás, sino contra él mismo. En Acantilados, Monasterio cumplió con los requisitos de los ganadores: mostrarse firme en los dos hoyos finales. No sólo tuvo sólidez, sino que a ese atributo le agregó amor propio e inteligencia. Y por la forma en que habla y en que piensa, me da la impresión de que continuará su camino exitoso en un futuro cercano. Tiene 38 años y todavía mucho por crecer.

-¿Cómo describiría al tucumano?

-Basta con mirarlo para darse cuenta de que su principal potencial está en el físico. Es alto y no le falta masa muscular. Pero no sólo tiene una buena contextura, sino que también saca provecho de su muy buen swing, que lo ayudó a no equivocarse en la última vuelta. Creo que fue un certamen muy competitivo, pese a que no estuvieron José Cóceres, Angel Cabrera ni Eduardo Romero.

-¿Qué piensa de la actuación de Eduardo Argiró, tal vez la sorpresa del torneo?

-Excelente, tratándose de un chico muy joven. Terminó segundo y, encima, proviene del Jockey Club de Tucumán, el mismo club de donde surgió el ganador. Cuando hay dos jugadores de un club luchando por el mismo objetivo se produce una puja deportiva interesante, que surge espontáneamente. Siempre la intención es superarse y exigirse uno a otro para ser el mejor del club; por eso progresaron en su juego Cabrera y Romero, que nacieron como golfistas en Villa Allende. Más allá de que hay una diferencia de edad importante, ambos cordobeses se preocuparon por evolucionar como jugadores.

-¿Usted se vio también en esa puja deportiva?

-Sí, mis primeras armas las hice en Ranelagh, y también es de ahí Antonio Cerdá, un amigo y contrincante de toda la vida. A veces yo no sentía demasiadas ganas de practicar. Pero cuando lo veía a él practicando en el club, yo tomaba los palos y me iba a tirar pelotas, porque quería mantener el mismo nivel de competencia. Es que los dos teníamos intenciones de superarnos, más allá de que además intercambiábamos buenos consejos.

-¿Cómo se entabla la relación entre los socios de un club y sus dos máximos representantes?

-La admiración de la gente es variable; según los momentos, se inclina hacia uno u otro. Uno está en plena competencia con el otro "ídolo", pero la prioridad es no tomar actitudes altivas o soberbias con los empleados de la canchas y los socios, porque si no te volcás a todos en contra.

-¿Le sorprendió el comodísimo triunfo de Retief Goosen en el Johnnie Walker Classic?

-Sí, parece que el sudafricano andaba con el látigo en la mano . Es raro que se produzca una ventaja tan grande, especialmente en un certamen con jugadores de categoría. La diferencia que sacó Goosen fue tan importante que en la última vuelta le alcanzaba con hacer 80 golpes para ganar. La vez que recuerdo que gané con más comodidad fue en el Abierto Argentino, jugado en el viejo Club Olivos. Triunfé con 15 golpes de ventaja, aunque no era un torneo tan competitivo.

Esta nota se encuentra cerrada a comentarios

Usa gratis la aplicación de LA NACION, ¿Querés descargala?