El índice de despidos miente

Cristian Grosso
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30 de diciembre de 2009  

No conviene creer en todos los números. Encierran trampas. Una mirada optimista podría señalar que, al menos, al término de esta temporada no se ha instalado un nuevo récord de entrenadores despedidos en la Argentina. Es más: por segundo año consecutivo se bajó la tasa de desempleados, porque si en 2008 fueron 61 los DT que pasaron por primera, esta vez 58 técnicos, entre estables e interinos, transitaron por los diferentes planteles. Desde 2003, la cantidad de conductores venía en una escalada arrolladora. En aquel año habían sido 56; en 2004, 60; en 2005, 61; en 2006, 67, y en 2007 fueron 73. Siempre el vértigo había puesto su diabólica firma. Pero esta presunción de moderación, este pequeño freno a la irracionalidad, ¿es creíble? Si bien la tendencia no se agravó, quedarse con esa lectura sería de un traicionero conformismo.

Vale no engañarse, porque la impaciencia traducida en números, en realidad, otra vez arrojó resultados impactantes: de los 22 equipos que estuvieron en la máxima categoría -incluyendo los descendidos Gimnasia (Jujuy) y San Martín (Tucumán)-, 18, casi el 82%, no mantuvieron sus cuerpos técnicos y, al menos una vez, resolvieron cambiar la cabeza. Apenas resistieron Zubeldía (Lanús), Mohamed (Colón), Sensini (Newell´s) y Gareca (Vélez). Sí, cuatro.

Pero más allá del recorte en la cifra definitiva, algunas instituciones volvieron a exhibir una sensible crispación: Racing y Central renovaron tantas veces sus jefes de grupo que llegaron a encadenar hasta cuatro entrenadores. En las bruscas modificaciones, hubo cesaciones que guardaron mucho de morbo y manoseo inadmisible. Como la de Pablo Fernández, que fue eyectado de Gimnasia (LP) tras tres partidos. O Trossero, que acaba de irse de Godoy Cruz seis cotejos después de asumir. O Ricardo Zielinski, que tras conseguir el ascenso, su excursión con Chacarita por primera apenas hilvanó cinco fechas. Hacer un poco de memoria descubre que en alguna porción de la temporada Llop dirigió a Racing, Alfaro a Central, Astrada a Estudiantes, Santoro -y hasta Fernando Cáceres- a Independiente, Burruchaga a Banfield, Garnero a Arsenal, Ischia a Boca? En esta centrifugadora, los DT atravesaron un constante tembladeral.

Es cierto que brotaron algunas reacciones populares reconfortantes. Como la ovación de los hinchas de Atlético Tucumán para Rivoira tras su destitución, o en Mendoza las banderas de agradecimiento para Cocca, o la fervorosa gratitud en Tigre ante la salida de Cagna, o el incondicional amor en Huracán por el renunciante Cappa? Pero tampoco convendrá creer ciegamente en los hinchas, porque ya se conocen los inestables antojos del mandato popular. Las presiones, los desatinos y la hipocresía nuevamente acorralaron a esta profesión. En 2009 los técnicos volvieron a padecer qué tan desechables son. ¿Hubo un recorte de despidos? No es un índice confiable. Se derrumba tan rápidamente como los embusteros proyectos a largo plazo.

cgrosso@lanacion.com.ar

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