El karma de ser un antiídolo

Diego Mazzei
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22 de abril de 2004  

Los personajes se reciclan. La evolución llega con viejas fórmulas maquilladas por la modernidad de turno. Dentro de otro envase, bajo nuevos patrones de promoción, Rodrigo La Hiena Barrios encarna la figura del malo del boxeo argentino, del antiídolo. Arañó la gloria el año último en una épica pelea con el brasileño Popó Freitas y hoy se enfrenta a una nueva posibilidad de darle a la Argentina un nuevo campeón mundial. Sin embargo, Barrios es persona no grata para la mayoría del público. Taquillero en rechazo, convocante en ira, La Hiena fue maltratado en su última aparición, en Santa Fe. Allí, luego de ganarle indiscutiblemente al local Diego Alzugaray –sin lucir, está claro–, fue despedido por gente que le arrojaba lo que tenía a mano (incluidas las sillas).

Un año atrás, debió huir en un patrullero de un pub de Junín cuando casi es linchado por lugareños, que experimentaban el extraño placer de agredir a La Hiena. Incluso, en una aparición pública en el Luna Park, una noche de festival, Barrios protagonizó un duelo dialéctico con Rocky Giménez y el público porteño se inclinó por el cordobés y repudió al peleador de Tigre.

La historia marca casos emblemáticos de boxeadores a un tiempo populares y detestados. José María Gatica y Oscar Bonavena son dos ejemplos concretos. El Mono ganó reconocimiento luego de su muerte y Ringo recibió el título de "guapo nacional" tras su inolvidable choque contra Muhammad Alí.

Barrios cambió un poco su imagen tras la pelea con Freitas. Muchos eran los que querían verlo perder de la manera más contundente posible. Los mismos que luego reconocieron sus agallas. Pero ello no alcanzó para evitar que genere un alto grado de odio en la mayoría de sus apariciones. Esa agresividad que es el vocero de la violencia del hombre.

Su personalidad egocéntrica e histriónica, su compulsión a la verborragia y su afán por lo mediático le generaron un encono muy grande. También, aunque parezca nimio, lo hizo su declarado amor por el club Tigre. En un país donde la rivalidad futbolera escapa de lo lúdico y convive con lo irracional, ésa es una razón de significativo peso.

Amor imposible, odio palpable, de eso está hecha su relación con el público. La Hiena permanecerá en la piel del antiídolo. Y no podrá huir hasta que la historia diga lo contrario.

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