El Mundial de Ronaldo

Daniel Arcucci
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30 de junio de 2002  • 10:41

YOKOHAMA–- “¡Ronaldo!”, grita el locutor japonés, en medio del estruendo del estadio de Yokohama, como si fuera necesario reafirmar quién le ha puesto el nombre, definitivamente, a esta noche. A este Mundial, el primero del siglo.

¡Ronaldo! acaba de vencer por segunda vez en poco más de diez minutos a quien se asemejaba a una muralla infranqueable, a quien parecía tener todos los atributos como para robarle su sueño, a su probable bestia negra, a Kahn, sí, y lo festeja con una sonrisa inolvidable, de ésas que permiten asegurar, sin temor a equivocarse que así, exactamente así, es la felicidad.

¿Cuántas veces habrá soñado Ronaldo con esta noche en los últimos cuatro años, cuántas? Infinidad de veces desde aquella tarde incomparablemente triste de Saint Denis, en 1998, cuando parecía haber perdido algo más que un partido, y por eso dejaba traslucir, en primer plano, una amargura incomparablemente profunda. Más todavía desde aquellos trágicos y no tan lejanos días en que la rodilla derecha parecía condenarlo a algo más que a una lesión. Dice que acaba de definir, él mismo, el partido histórico. El que le permite a Brasil gritar, antes que nadie, ¡pentacampeón! El que le permite a él romper, tras 28 años, la barrera de los seis goles. El que consagra el triunfo de una manera de sentir y jugar el fútbol.

Detrás de él se encolumna un equipo por el cual, hace apenas un mes, nadie daba ni un solo centavo. Nadie más que ellos mismos, seguramente. Se encolumna Marcos, que en la última noche también le robó a Khan su sueño de ser el mejor arquero de todo el campeonato; se encolumna Ronaldinho, que garantiza desde sus veintipico la continuidad de una estirpe; se encolumna Cafú, el único futbolista que puede decir que jugó tres finales consecutivas y que, encima, ganó dos; se encolumna Rivaldo, honorable número 10; se encolumna Roberto Carlos, tan carismático como ganador.

Demasiados nombres como para que esta Copa no se la llevaran ellos. Demasiada magia como para no agradecerle al fútbol su existencia, que permite reflejar estas historias. Algo de lógica tenía que tener, al fin y afortunadamente, este Mundial tan extraño.

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