El orgullo de estar vivos

Por Maximiliano Boso De la Redacción de La Nación
(0)
28 de octubre de 2000  

Es poco lo que puede agregarse a la larga lista de amarguras que Racing y su gente sufren a cada paso. Es más, desde aquí, para lo único que se utilizarán esos sinsabores es para potenciar las pequeñas cosas que hacen grande el sentimiento.

La tarde de ayer en Pitágoras y Spurr, Avellaneda, fue inesperadamente emotiva. El plantel se entrenó por primera vez en el predio Tita Matiussi. La obra no es nada del otro mundo para el ojo desprevenido. Una cancha de fútbol bien hecha y cuidada, un vestuario y un viejo galpón del ferrocarril convertido en salón. Todo enclavado en medio de terrenos baldíos a los cuales se les pelea día a día para conseguir otras dos canchas más.

Uno mira a su alrededor y se pregunta, mientras trata de afirmarse en terreno fangoso: ¿qué pensaría si por aquí viene alguien de Juventus, Real Madrid, Ajax o cualquiera de los clubes modelo del mundo y entre los cuales Racing estuvo en otros tiempos, al menos, por logros deportivos?

Pero la reflexión fría le da paso a la emoción cuando los jugadores entran en la cancha para comenzar los movimientos rodeados por el cariño incondicional de unos 500 hinchas. Cómo no conmoverse ante esa lágrima derramada por uno de los simpatizantes, anciano él y ex dirigente de una vieja comisión directiva que ya no importa. Eso es un sentimiento de pertenencia, de amor por una camiseta que está evidentemente mucho más allá del vuelo bajo del equipo en el fútbol local.

// // //

Este predio rebosante de humildad, con paredes pintadas con esmero y voluntad de celeste y blanco, nació casi por casualidad. Las divisiones inferiores de Racing eran grupos nómades que se entrenaban y jugaban donde podían o en el lugar que les conseguían. Entonces, un grupo de jóvenes hinchas se juntó y comenzó la búsqueda de un espacio propio. No pudo ser en Monte Grande, en unos terrenos cedidos durante la administración de Juan De Stefano, pero sí se llegó a un acuerdo por 30 años con Ferrocarriles Argentinos y el Club Argentino de Rugby para construir el lugar que lleva el nombre de un símbolo histórico para las inferiores: Tita Matiussi, quien por varias décadas hizo de madre de muchos chicos del club.

Nada fue fácil. A partir de allí hubo que empezar a juntar dinero. Rifas, venta de souvenirs en la cancha, choriceadas, partidos a beneficio para explotar la venta de bebidas y comidas. Algunos pusieron dinero, otros esfuerzo, algunos materiales. "Si hacemos una cancha, que sea buena", se dijeron, y le encomendaron la tarea a Lelo García, el prestigioso canchero de Vélez. Se abrió una cuenta en el Bank Boston (Nº 012-027667-05) a nombre de Fernando Quiroz y Gustavo Costas para depositar los fondos. A los jóvenes se sumaron otros no tanto, la gente empezó a creer y así, con tiempo, pero sin descanso, se fue concretando el sueño. Que está a nombre de una mutual y que será del club sólo el día que sus bienes no corran peligro de remate.

Primero le tocó debutar al fútbol infantil, el mes último se agregaron las inferiores y ayer el plantel profesional.

// // //

Hay más por hacer. Mucho más. No importa. Los hechos demostraron que se puede. Mantener el esfuerzo debe ser el objetivo primordial de estos hinchas que con genuinos sentimientos supieron hacer lo que tantos dirigentes apenas pudieron prometer.

MÁS LEÍDAS DE Deportes

Esta nota se encuentra cerrada a comentarios

Descargá la aplicación de LA NACION. Es rápida y liviana.