El peligro de los japoneses dormilones

Diario de viaje
(0)
24 de junio de 2002  • 10:36

SAITAMA, Japón (De un enviado especial).– Brillan esos vagones de tan limpios que están. La profusa señalización invita a animarse aun ante el más intrincado de los recorridos. Tapizados intactos y aire acondicionado en cada unidad. Descubrir una imperfección en los coches de la Japan Rail sería tan raro como toparse con un japonés con rulos. O con barba. ¿Será que no existe ningún problema? Bueno..., no es exactamente un problema, pero... hay que cuidarse de los japoneses dormilones.

Algunos leen, otros comen. Están los que mandan o reciben e-mails desde el celular. No pueden hablar por teléfono porque está prohibido, al igual que fumar y cargar la mochila en la espalda, porque entorpece el paso. Casi nadie conversa. Y la mayoría duerme. Cierra los ojos y dormita. Como si intentasen compensar el vértigo que ocupa sus cotidianidades con una siestita ferroviaria. El suave meneo de las vagones los arrulla. Claro que sólo basta una leve sacudida de la formación para que ellos, o ellas, adopten nuestro hombro como improvisada almohada. Y ni hablar del peligro que encierran los que se transforman en péndulos humanos tomados de las manijas que cuelgan de los techos.

Cuando advierten –o se les advierte– el grado de confianza que han alcanzado por un sueño traicionero, la vergüenza se apodera de sus gestos. Y ofrecen mil desesperadas reverencias orientales para disculparse. Eso sí: nunca se pasan de estación. Como si tuviesen un microchip incorporado que los alerta sobre cuándo deben despertarse. Salvo que el ocasional hombro sea tan mullido que valga la pena intentar dormir un ratito más.

ADEMÁS
Esta nota se encuentra cerrada a comentarios

Usa gratis la aplicación de LA NACION, ¿Querés descargala?