El periodismo y el deporte ya extrañan a Ernesto Rodríguez III, un rebelde irrepetible

Ernesto Rodríguez, feliz y desafiante después de conseguir la credencial para los Juegos de la Juventud que le había negado el comité organizador.
Ernesto Rodríguez, feliz y desafiante después de conseguir la credencial para los Juegos de la Juventud que le había negado el comité organizador.
Juan Manuel Trenado
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14 de septiembre de 2019  • 21:51

El periodista Ernesto Rodríguez III falleció en la madrugada del viernes tras sufrir un ACV mientras trabajaba en la escuela Éter, donde se desempeñaba como profesor.

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Una cobertura de los Juegos Panamericanos puede ser de la actividad más intensa para un periodista. Incluso por sobre los Juegos Olímpicos, en los que hay menos participantes de cada nación. En el máximo evento continental cada día hay decenas de atletas argentinos en condiciones de ganar una medalla. Hay que levantarse bien temprano, a las 6, y visitar muchos estadios para estar frente al más amplio abanico de deportes. A veces puede pasar que uno no llegue a tiempo de una cancha a la otra y se encuentre con un partido empezado. La delegación argentina puede tener 400 o 500 integrantes. Conocerlos a todos es imposible. menos para Ernesto Rodríguez III.

Ernesto no sólo los conocía a todos, sino que sabía los resultados por los que se habían clasificado a esa cita y recordaba hasta las ciudades en las que habían competido por todo el mundo. Su memoria era la base de datos de todos los que lo rodeaban. Era más fácil preguntarle a Ernesto que buscarlo en Google. Después de un día interminable de trabajo, de escribir notas de cinco o seis actividades diferentes, un buen ejercicio de la prensa acreditada, cerca de la medianoche, es buscar un lugar para cenar, relajarse y pasar un rato agradable entre colegas antes de que comience otro día de trabajo.

Pero Ernesto, que podía parecer una computadora, era muy humano. Sensible y querible humano. Y, como todos, también se equivocaba de vez en cuando. En una comida después de alguna de esas jornadas extensas, en los Juegos de Río de Janeiro de 2007, la charla discurría sobre los detalles de un partido de la selección argentina de voleibol al que él había llegado tarde. Tomó los datos de los equipos de la planilla oficial y publicó en una síntesis que un jugador que habitualmente jugaba como central, había actuado como receptor punta. Un periodista de otro medio que sí había estado en el lugar desde el principio le señaló el error de los datos oficiales.

Ernesto, que vivía con una sonrisa y siempre estaba de buen humor, de repente se puso pálido. Se sentía avergonzado. Ya había pasado la medianoche y la edición estaba cerrada. Llamó desesperado al diario para pedir la corrección. Una solicitud ridícula. La tirada estaba avanzada y no era opción parar la rotativa por un error que muchos otros consideraban insignificante. Se peleó con alguien por teléfono porque no lo dejaron salvar su error. Ya no quiso comer. Seguro que no durmió esa noche.

Ernesto y Agustina con Juana y Pancho, luego de que el periodista recibiera una distinción.
Ernesto y Agustina con Juana y Pancho, luego de que el periodista recibiera una distinción.

La veracidad es el mayor tesoro de un periodista. En tiempos de fake news y un vértigo informativo que empujó a varios a actuar sin el más mínimo ejercicio de chequear una noticia, parece un concepto de crédulos. Ernesto era de los que se esmeraba por cuidar esa precisión.

Pero como se dijo, no era perfecto. Se rebelaba ante la injusticia y si tenía que confrontar públicamente con dirigentes o funcionarios públicos, lo hacía. Especialmente cuando algún manejo desprotegía a los deportistas. No dudaba ni un segundo en defender a los atletas. Y en esos casos podía ser políticamente incorrecto. No hay nada que ocultar.

Aunque también podía pelearse con un deportista. Como pasó con Floyd Mayweather tras el primer combate con el Chino Marcos Maidana, en Las Vegas. Aquella vez tuvo una diferencia de opinión con el que para muchos es el mejor boxeador de todos los tiempos. El norteamericano le respondió de manera sobradora y Ernesto, con las planillas estadísticas en la mano, se mezcló en una discusión a los gritos, mientras el representante de Maidana trataba de mantenerlos a distancia.

Hizo varias notas que expusieron manejos cuestionables en la organización de los Juegos Olímpicos de la Juventud de Buenos Aires 2018. Poco después, el comité organizador le negó la credencial para trabajar en la sala de prensa durante la competencia. La reacción de la prensa argentina para pedir que se corrigiera tamaña injusticia fue notable. Tanto que tuvieron que revertir la decisión y acreditarlo. Su sonrisa en la foto victoriosa cuando finalmente le entregaron la credencial es una pintura de su vida. Alegre, comprometido, desafiante. El periodista Carlos Nis recordó que esa foto se la sacó Germán Leza, de LA NACION, otro enamorado del deporte amateur que falleció en diciembre del año pasado. Una coincidencia triste e injusta.

Después de trabajar varios años en LA NACION y en Olé, intentó seguir con un proyecto personal. Creó Ephecto Sport, el más completo blog del deporte amateur de nuestro país. Muchas de sus investigaciones dejaron expuestos grandes escándalos y actos de corrupción. Eligió salir del sistema de las grandes compañías periodísticas. Eso lo puso en una posición económica desfavorable, pero investigó, escribió y dijo todo lo que quiso y pudo. Además, daba clases en Éter y escribía en Clik-polo. Era el periodista más completo y el que más sabía de deportes en la Argentina.

Ingenioso, inquieto, apasionado. Hasta los actos más comunes los convertía en algo distintivo y divertido. Su dirección de mail era "Ernestotemandaesto@...".

Vivía con Agustina, con quien tuvo una hija, Juana, de 9 años; y a Pancho (hijo de su pareja), lo quería y lo cuidaba como si fuera propio. Hasta lo llevó a alguna comida en el restaurante de Bochin Club, donde solía juntarse con sus colegas de trabajo.

Los periodistas hacemos más o menos las mismas cosas. Hay algunos que son buenos y otros que no lo son tanto. Pero transitamos temas parecidos, usamos formas similares. Pero hay algunos que olfatean en lugares que otros no quieren ni ver. O incluso que ni siquiera saben que existen. Ernesto pertenecía a esa casta única. Y tratar de reemplazarlo o igualarlo es en vano. Será irrepetible.

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