El personaje del año

Por Juan Pablo Varsky Para LA NACION
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21 de diciembre de 2009  

En diciembre de 2008, Juan Martín del Potro ya era Delpo. Había irrumpido en el circuito con cuatro títulos consecutivos de ATP y había llegado al top ten. Este año se consolidó en la élite, ganó el US Open, jugó la final del Masters y es uno de los grandes deportistas argentinos. Pero no será nuestro personaje. En diciembre de 2008, Lionel Messi ya era Leo o la Pulga. Figura indiscutida de Barcelona, llevaba a su equipo a la temporada perfecta, al año soñado. En 2009, se convirtió en crack, marcó goles en cuatro de las cinco finales que ganó el Barça, dio el pase gol en la restante, definió de pechito en Abu Dhabi (así que era pecho frío, ¿no?) y se llevó todos los títulos colectivos más todos los premios individuales que reparte el fútbol mundial. Pero hoy no es el elegido. En diciembre de 2008, Angel Cabrera ya era el Pato. Había conquistado un Major de golf (US Open 2007). Este año, el cordobés se puso el saco verde reservado para los campeones de Augusta, el primer Grand Slam de la temporada. Sin duda, completa el podio de los tres deportistas argentinos más importantes del año. Todavía le debemos una merecida contratapa, pero, discúlpenme, la dejaremos para otro día.

Nuestro personaje del año es clase 1954. De familia muy futbolera, a los cinco años jugaba con su hermano en GEBA. Se probó en Boca. Le dijeron que hiciera pesas y que volviera al año siguiente. No volvió. Pasó por Racing. Ese día sólo hacían entrenamiento físico. Le pidieron que regresara al día siguiente. No regresó. Como vivía en Palermo, River le quedaba muy cerca. Tardó un año en fichar. De contextura chiquita, había mentido sobre su año de nacimiento. Se había anotado como modelo 55. El delegado comprobó el "error", pero su calidad no tenía fecha de vencimiento. Y a principios de 1971, nació su vínculo con la banda roja. La excelente revista Animals, quizá la mejor publicación argentina dedicada a un club de fútbol, descubrió su pasión por la política. En el número de octubre 2009, cuenta que su habitación de juvenil setentista estaba decorada en una pared con cuadros de fútbol y en la otra con una foto de Juan Domingo Perón. En la mesita de luz, tenía un ejemplar de El descamisado, el semanario que oficiaba de órgano de propaganda de los Montoneros. No militó. "Pero si hubiera ido a la Plaza de Mayo aquel 1º de mayo en el que Perón los llamó imberbes, se habría ido con ellos", revela Animals. En su escritorio, podían verse los diez tomos de Historia Argentina, de José María Rosa.

Su vocación era la medicina, pero estudió dos años de derecho en la UBA debido a los tiempos de la carrera. Al final, eligió el fútbol. Su padre, ingeniero agrónomo, sintió alivio. En esos meses de convulsión política, estaba preocupado por la vida de su hijo. Años más tarde, le confesaría que había quemado todas sus revistas políticas para borrar cualquier elemento que pudiera ponerlo en peligro. Cuando llegó la dictadura militar, ya era futbolista profesional.

Zurdo, elegante, de buena pegada, tenía todo para triunfar en River, pero delante de él estaba Norberto Alonso. Le dejó muy pocos partidos para que pudiera demostrar sus condiciones. Ni siquiera logró afianzarse como titular durante el corto paso de Beto por Marsella. Ganó tres títulos, pero siempre en un rol secundario. En 1978, se fue a Inglaterra. Sheffield United quería contratar a un tal Maradona, pero Argentinos Juniors rechazó la oferta de 180.000 libras esterlinas. Por 160.000 se llevó a "Alex". Duró dos años en Sheffield y un año en Leeds. Poca cosa.

Pero en diciembre de 1981, Carlos Bilardo se tomó un avión y lo fue a buscar. Ahí empezó todo. Estudiantes de La Plata le cambió la vida. Se reinventó como futbolista. A su muy buena técnica, le agregó despliegue y sacrificio, aunque nunca pudiera desactivar el apodo "Pachorra". Integró un medio campo notable junto con Russo, Ponce y Trobbiani. Se consagró campeón del Metro 82 y del Nacional 83. Llegó a la selección, también con Bilardo. En La Plata, también consiguió su carnet de entrenador. Y conoció a Silvana, su compañera de vida, profesora de gimnasia artística del club.

Todo pasó por Estudiantes. Se retiró en 1988. Fue ayudante de campo de Daniel Passarella en la selección, Uruguay, Parma, Monterrey y en River hasta diciembre de 2007. En marzo de 2009, Estudiantes lo convocó para el cargo de entrenador tras la renuncia de Leonardo Astrada. Había una gran incertidumbre sobre su capacidad de liderazgo. "El primer atributo de un técnico debe ser el respeto. Que el jugador se dé cuenta de que sabe. Que tenga capacidad de trabajo. Y que sea honesto con el futbolista."

Así presentó sus credenciales en la Escuela de Técnicos. Enseguida encontró el equipo y le aportó su valor agregado. Se consagró campeón de la Copa Libertadores y entró en los libros del club. Durante el festejo, en plena plaza Moreno, asomó su animal político. Con el tono y las palabras de un líder de masas, dijo en clave alfonsinista: "La ciudad está en orden". Luego, en el mismo discurso, latió su corazón peronista. Parafraseó al General y habló de "la más maravillosa música" refiriéndose al canto pincharrata.

Llegó a los Emiratos Arabes, al Mundial de Clubes. Se planteó como obligación pasar la semifinal y como aspiración ganar la final. Superada la pantalla Pohang Steelers, quedó mano a mano con Barcelona, un partido que había empezado a pensar tras la final sudamericana contra Cruzeiro. Si algo le faltaba para ganarse el crédito como entrenador, era una planificación de autor. Cambió el esquema. Tres centrales con Rodríguez y Díaz de pistones por los laterales. Si Messi gambeteaba desde la derecha hacia el medio contra el uruguayo, aparecía Re para reforzar la marca. Cellay y Desábato se ocupaban del excelente Ibrahimovic. Clemente le ganaba en velocidad a Henry. Para la pelea contra Xavi, puso a Chino Benítez en el doble pivote central al lado de Braña. Verón jugó de enganche, mucho más adelantado que frente a los coreanos (¡mamita, sentían placer cuando pegaban!) y Pérez cerca de Boselli en el ataque. El pressing bien arriba obligaba al Barça a revolear la pelota. Si el mejor equipo de la historia no daba tres pases seguidos, era por culpa de Estudiantes. Había que aprovechar la potencia y la presencia de Boselli para incomodar a los centrales catalanes. Y Mauro saltó entre Puyol y Abidal para meter un cabezazo imparable y otro gol en finales.

En el segundo tiempo, el rival impuso condiciones y no hubo otra alternativa que aguantar y resistir. Sin dar patadas, sin esconder balones, sin tirarse al piso para hacer tiempo. Es cierto, Albil demoró en varios saques desde el arco. El hombre y sus hombres estuvieron a dos minutos de la eternidad. Pero ellos son demasiado buenos. Hasta cuando renuncian a su estilo. Porque, en la zona del como sea, metieron a Piqué de doble nueve y se la jugaron por arriba. El defensor hizo de torre inglesa y Pedro marcó un gol que me hizo acordar a aquel de Laurent Blanc en Francia 1 vs. Paraguay 0 por el Mundial 1998, por lo poco que faltaba, por la resistencia del equipo que se defendía y por el efecto que provocó. En ese momento, el trofeo cambió de dueño. Sólo faltaba que Messi pusiera el pecho ante tanta crítica inconsistente y marcara el, hasta ahora, gol más importante de su vida. ¿Cómo no lo iba a gritar? ¡Vale un Mundial de Clubes, viejo!

Pero hoy la nota no es Messi. Ni Del Potro, ni Cabrera. Así como supo comportarse en la victoria, el hombre supo perder. Aceptó la derrota como un auténtico caballero. En diciembre de 2008, ni siquiera era el DT de Estudiantes. Hoy, Alejandro Sabella es nuestro personaje del año.

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