El Sub 17 argentino campeón no fue una máquina libre de despistes

Claudio Mauri
Claudio Mauri LA NACION
Más allá del título, a Aimar se lo vio enojado tras la dura caída ante Ecuador
Más allá del título, a Aimar se lo vio enojado tras la dura caída ante Ecuador Crédito: Captura de TV
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16 de abril de 2019  • 00:01

El fútbol siempre fue tierra fértil para las sospechas y suspicacias. Seguramente sobran antecedentes para que se haya ganado esa desconfianza. Normalmente no es la mayor reserva de ética y moralidad que pueda encontrarse, y nunca se lo presume inocente, sino que debe demostrar que no es culpable.

Con esa tendencia a leer entrelíneas o mirar debajo del agua, las alertas sonaron cuando la selección Sub 17 argentina recibió cuatro goles de Ecuador en apenas 17 minutos, lo cual permitió la milagrosa clasificación al Mundial del equipo vencedor, perjudicó a Perú y no impidió que la Argentina fuera campeona. A ojos de parte del ambiente futbolístico peruano, la deducción surgió enseguida: la AFA le estaba devolviendo a Ecuador el favor del 3-0 del seleccionado mayor en Quito por la última fecha de las eliminatorias.

Con este escenario, al Sub 17 le toca pasar la prueba de la blancura, es sometido a un riguroso escrutinio. ¿El equipo es una máquina, rozaba la perfección como para que no le pudiera pasar lo que le ocurrió? Quien crea esto que repase el debut con derrota ante Uruguay por 3-0: a los seis minutos perdía 2-0 con errores garrafales del arquero y un defensor. La inestabilidad fue un rasgo del equipo a lo largo del torneo, algo vinculado con los reiterados cambios que hizo Pablo Aimar para combatir el cansancio y el desgaste añadido que provocó el césped artificial. Estuvo a punto de despedirse en la etapa de grupos de no mediar un agónico 3-0 a Brasil. A nadie se le ocurrió que Brasil le falicitó las cosas a la Argentina para que no falte al Mundial que organizará en noviembre de este año.

No hay que soslayar que es una categoría de futbolistas en formación, proclives a los despistes, a rendimientos oscilantes. También es cierto que este equipo de Aimar recuperó valores que se añoraban desde la época de Pekerman: buen juego, mejor conducta, respeto por el rival y las autoridades, asumir que a esa edad es más importante el aprendizaje que el resultado. Por eso lo del cierre fue una piedra en el zapato.

En varios partidos anteriores, al equipo se le destacaba que antes de festejar un triunfo saludaba y consolaba a los rivales abatidos. Apenas terminó el increíble 1-4 ante Ecuador, Aimar reunió al plantel en el centro del campo y todos se miraban absortos, sin entender lo que había pasado. No era la imagen de un campeón. No les daba lo mismo consagrarse de esa manera. Se veían auténticos, dolidos. No lo podían creer, visto desde una mirada diáfana; tampoco lo querían creer las miradas conspiradoras. El maniqueísmo es propio del fútbol.

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