El sueño olímpico

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7 de septiembre de 2013  

Será difícil que se repita hoy, en Buenos Aires, la gran sorpresa que se dio en 1990, en Tokio. En ese año Atlanta derrotó a Atenas 51-35 en la quinta rueda de la votación y se quedó con los Juegos del 96. "La Coca-Cola –se indignó ese día Melina Mercouri, ministra de Cultura de Grecia– le ganó al Partenón." Un año antes, Juan Antonio Samaranch, por entonces presidente del Comité Olímpico Internacional (COI), había firmado en Atlanta, sede de la embotelladora norteamericana, "el contrato de patrocinio más fabuloso en la historia del deporte". Y la edición del centenario, que los griegos creían propia por derecho natural –al fin y al cabo todo nació en Grecia–, fue finalmente para la Coca- Cola.

En realidad, el circo ya le había ganado la batalla al templo en 1984. Munich 72 sufrió la matanza de atletas israelíes, Montreal 76 un déficit millonario y Moscú 80 un boicot masivo de Occidente. Los Angeles, postulante única, salvó a los Juegos de 1984, pero a cambio los convirtió en negocio puro. El dinero creció con la apertura a los profesionales en Barcelona 92 –una sede impulsada por Samaranch y Adidas– y luego con el comercialismo de Atlanta 96, tan abusivo que terminó espantando a los propios miembros del COI.

En la votación siguiente, Sydney sorprendió al ganar la final por 45-43 a Pekín. Hubo dos votos africanos de último momento y revelaciones posteriores de que la candidatura australiana tenía un dossier confidencial con gustos y debilidades de 67 miembros COI. Cada voto le costó 620.000 dólares. Fue el inicio de un escándalo de corrupción que terminó estallando en los Juegos de Invierno de Salt Lake City 2002 y que impuso normas muy rígidas para las votaciones siguientes.

La postal olímpica de un mundo unido, feliz y apolítico, una tregua en medio de la jungla, que abre los brazos al negocio y mantiene la tradición, sigue igualmente ejerciendo enorme seducción a los gobiernos. Jacques Chirac ofreció condonaciones de deuda a países africanos por París, Tony Blair fue clave para Londres 2012 y Barack Obama fue ignorado cuando pidió por Chicago 2016. Terminó ganando Río de Janiero. Fue un voto audaz, que difícilmente se repita hoy en la batalla entre Tokio, Madrid y Estambul. Los miembros del COI, me advierte uno de ellos, votan "con una mirada mucho más amplia", más allá de cualquier presente eventualmente crítico, sabiendo que los Juegos serán dentro de siete años. Consultoras suizas y jeques influyentes también juegan su parte en este partido. Suelen ser árbitros en las sombras.

Atenas, supuesta vuelta al ideal olímpico después de tanto escándalo, tuvo su revancha cuando ganó los Juegos de 2004. Buenos Aires cayó en el primer turno de esa votación. Había estado más cerca en 1949, cuando entonces perdió contra Melbourne la sede de 1956 por apenas un voto, supuestamente de un dirigente sudamericano que prefirió viajar a Europa. La fiesta olímpica de Atenas, eso sí, fue un desquite caro. Formó parte del estallido financiero que terminó explotando este año en Grecia. Por eso Roma renunció a competir en la votación de hoy en el Hilton. El economista Mario Monti, premier italiano en 2012, sabía que el presupuesto original de la megafiesta era mentira. Que formaba parte del sueño olímpico.

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