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En el Clausura y en la Copa

Por Ignacio Turín De nuestra Redacción
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20 de marzo de 2000  

Disputada la sexta fecha del torneo Clausura, que representa la tercera parte del camino hacia el título, Boca, River y San Lorenzo, tres viejos conocidos en la lucha por el trofeo del último campeonato Apertura, que finalmente quedó en las vitrinas del club de Núñez, vuelven a mirarse de reojo en lo más alto de las posiciones y esto..., que quede bien claro, no es casualidad. Veamos...

Trascurrían los primeros días de febrero y con la despedida de las copas y de los amistosos de verano, los clubes armaron sus proyecciones. Mientras los mencionados equipos se las ingeniaban para confeccionar detalladamente un programa acorde a las exigencias que les depararía disputar al mismo tiempo el torneo Clausura y la Copa Libertadores, los otros equipos se ilusionaban con pelear más tranquilamente por el título del Clausura porque entendían que Boca, River y San Lorenzo (más Rosario Central) le iban a dar más importancia al torneo sudamericano que al argentino. ¿Por qué? Porque entendían que tanto Carlos Bianchi (entrenador de Boca) como Américo Gallego (de River) y Oscar Ruggeri (de San Lorenzo) iban a caer presos de aquella hipótesis que sostiene que un plantel no puede disputar dos torneos al mismo tiempo. Entonces, la lógica (en realidad habría que decir ilógica) les hizo pensar que sin los titulares, Boca, River y San Lorenzo estaban prácticamente fuera de toda discusión, pese a que aún la pelota no había empezado a picar.

Y entre medio de tantas presunciones, los ilusionistas aspirantes al sueño de campeón acertaron en que Boca, River y San Lorenzo iban a alternar los jugadores, pero se equivocaron feo en eso de que quedarían al margen de la pelea.

¿A qué se debe esto? La respuesta es sencilla: los recambios de Boca, de River y de San Lorenzo encajan mejor en el engranaje de sus equipos, que los titulares en los restantes mediocres conjuntos.

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Juan Enrique Espinoza, de 43 años, tenía un sueño: ver crecer a su niña, de 11 años, y a su hijo, de 9. En la intimidad del barrio Don Bosco habrá soñado con la fiesta de quince de su hija y con los celos lógicos que iba a sentir con la presentación del primer novio, también se habrá ilusionado con el recibimiento de su pequeño y el orgullo de ver en lo ojos de éste el reflejo de sus sueños de juventud. Tiempo le habrá sobrado para dibujar en su mente más de una tarde de gloria de su querido Colón. Igual, o al menor parecida, a la que vivió hace ocho días con el triunfo por 4 a 0 sobre Unión.

El domingo 12 del actual era perfecto, el club de sus amores había derrotado al rival de siempre. Y allí estaba él, feliz por lo sucedido y disfrutando de sus hijos al bordo de la bicicleta. Su cabeza vestía un gorro de Colón, que por la incapacidad de razonamiento de un grupo de asesinos identificados con los colores de Unión se transformó en el blanco perfecto de la muerte. Espinoza fue cobardemente atacado. Su cuerpo terminó recostado en una sala de terapia intensiva del hospital José M. Cullen y su mente quedó en blanco. Vaya uno a saber si en esos ocho días de agonía, antes que la muerte lo abrace, tuvo la posibilidad continuar imaginándose el futuro de sus hijos.

El ya no está. Sólo quedaron el sufrimiento de sus seres queridos y seis menores detenidos. Algún día, quién sabe cuándo (aunque en realidad puede ser mañana como dentro de dos días, un mes, un año o diez), ellos saldrán de las rejas, formarán una familia, tendrán hijos y soñarán con el futuro de ellos como lo hizo tantas veces un tal Juan Enrique Espinoza, quien hoy, por culpa de vestir un gorro, se convirtió en una nueva víctima de la enfermedad que domina a nuestra sociedad y que busca el anonimato en la violencia que gira alrededor del fútbol.

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