Entre la creatividad y el cálculo

Por Ernesto Fulgenzi (*)
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31 de agosto de 2001  

Diversos estudios han utilizado al ajedrez para evaluar el funcionamiento cerebral. Uno de los más antiguos fue realizado en pacientes a quienes se había extirpado la parte anterior de los lóbulos frontales (procedimiento conocido como lobotomía) para controlar su conducta excesivamente violenta. El autor concluyó que la capacidad de estos individuos para jugar ajedrez no había disminuido, aunque señaló que aquellos que tenían un estilo de juego agresivo lo habían modificado por otro más tranquilo.

Años después, un artículo de la revista Nature subraya que los procesos mentales son distintos si se realiza una tarea nueva o una en la que se tiene experiencia previa. Cuando se aprende a andar en bicicleta, por ejemplo, los pasos iniciales son difíciles, deben ser calculados y medidos. Con la práctica, las jugadas se realizan en forma espontánea, y hasta cierto punto inconsciente. Nuestro cerebro ha aprendido y almacenado en sitios específicos las secuencias adecuadas, y puede volver a utilizarlas cada vez que las necesita.

Del mismo modo, y frente a una determinada posición del tablero, el ajedrecista aficionado debe considerar cada jugada en forma individual, hasta decidir cuál es la más ventajosa. El jugador experimentado, en cambio, ha acumulado a través de la práctica y el estudio esquemas mentales de distintas posiciones. Con sólo mirar la distribución de las piezas, tendrá una idea de cuáles son las jugadas más convenientes, y descartará las malas. Igual que para el ciclista, éste es un proceso hasta cierto punto no consciente. Esta forma de memoria, utilizada para realizar automáticamente procedimientos ya aprendidos, se denomina memoria procedural, para distinguirla de aquella que nos permite evocar en forma consciente hechos o situaciones, denominada memoria declarativa.

Desde el punto de vista ajedrecístico, sin embargo, esta teoría es tan interesante como insuficiente para explicar los misterios del juego. El ajedrez es, sobre todo, una lucha entre dos personas (o al menos lo era antes de la irrupción de las computadoras), donde no siempre gana el que tiene más experiencia. Muchas veces pesan más la capacidad de cálculo, la creatividad e incluso el deseo de vencer.

(*) Neurólogo y Maestro FIDE

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