Entre los rezos, el último penal desató la gran fiesta

El público del Fan Fest es especial: el motivo es un partido, como en el caso del angustioso triunfo de Brasil; pero además, hay un contexto...
Christian Leblebidjian
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29 de junio de 2014  

SAN PABLO.- El público del Fan Fest es especial. El motivo principal por el que se reúne es un partido de fútbol, en este caso Brasil-Chile. Pero además disfruta de todo el contexto. Las bebidas, las comidas, los juegos, los recitales anteriores y posteriores a la proyección. La conexión entre la gente. Se sabe cuándo comienza, pero no cuándo termina. Los hinchas toman cerveza. Mucha cerveza. Y algunos no aguantan la presión. Cerca del final, en uno de los tiros en los palos de Brasil, empezaron a pedir auxilio médico. Pero no se trataba de un golpe a los varios sufridos corazones, sino que un fanático brasileño se desplomó de tanto alcohol que había ingerido. No podían creer ir al alargue. Sinceramente, 30.000 brasileños presentes en Vale do Anhangabaúa, a cuadras de la Plaza Central Sé, menos habían pensado en los penales.

Se vuelve al principio. El día está soleado y la temperatura es de 26 grados. Adentro, la térmica fue de 30°, potenciada por ese estado de ánimo festivo que el brasileño lleva adentro. En el escenario, sonando "Vai no Cavalinho", de Raffael Machado. Hubo shows en vivo. Hubo chilenos, claro, aunque repartidos en toda la manzana. Hubo mexicanos, con sus gorros típicos. También uruguayos, uno de ellos con el nombre "Diego Pereyra" estampado en la camiseta, y colombianos envueltos con la bandera sobre sus espaldas. Y también argentinos. Uno con la camiseta de Lavezzi, otro con la de Rosario Central y el restante con la de Newell's. Después, vestidos neutrales, como el grupo de Ricardo Soria Díaz, Claudio, Leo, Charly y los "Ginóbilis", dos hermanos que nada tienen que ver con el basquetbolista, pero que se atrevieron juntos a la aventura mundialista. Todos, pero todos, están disfrutando de sus últimos días por estas tierras.

La fiesta brasileña, en el arranque, tuvo de todo. La mayoría sacó fotos con sus celulares, bailaban, cantaban, pero cuando comenzó el partido, toda la atención se centró sobre la pantalla. Salvo un grupo de personas que prefirió seguir disfrutando del samba que había sido montado por el banco patrocinador del seleccionado. Hasta ese momento, ni se hablaba de la selección argentina, de la llegada del equipo que conduce el experimentado Alejandro Sabella a esta ciudad para el partido de pasado mañana con Suiza. "No podemos pensar en eso ahora. Primero Chile", me dijo un simpático Joel, pasado en kilos, mientras ponía su mano sobre mi hombro. Tenía puesta una camiseta del seleccionado y en la espalda la inscripción: "Manifestante, R$ 0.20".

Repartían unos anteojos graciosos con la palabra "gol" y la mayor variedad los hinchas la mostraron en los peinados, muchos de ellos bien producidos, con permanentes y hasta con un corte punk con los colores verde y amarillo. Muchos otros se pintaron las caras. Tensión de arranque. No se grita mucho. Por la pantalla se ve que Hulk, después Neymar y más tarde Dani Alves hacen señas con las palmas para arriba para levantar al estadio de Belo Horizonte, pero también en el Fan Fest respondieron a la arenga. Gol de David Luiz y cerveza para todos. No porque alguien invitó una rueda, sino porque se festejó con furia y la gente voló con los brazos por encima de sus cabezas. El líquido que tenían en sus vasos, también.

Con el 1-0, muchos hicieron la plancha. Fueron por más cerveza o por pochoclo. Las risas se multiplicaron. Un grupo de amigas le dio la espalda a la imagen y empezó a hablar de la salida para la noche. Pero después del 1-1 la confianza se transformó en preocupación: "¿Está Fred en la cancha?", preguntó Ovidio. Jed sacó su celular, hizo que marcaba el número de Scolari: "Por favor, afuera Oscar, ¿sí Felipao?"

Hubo maldiciones. El conocido "Filho da?" ante cada gol errado o llegada con cierto peligro de Chile. Hasta que apareció Julio César. "Mostro", fue el adjetivo en común de los hinchas. Hubo gente rezando, hasta que ese último penal desató la fiesta, tal cual había arrancado la jornada.

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