Entusiasmo deprimido

Enrique Macaya Marquez Especial para La Nación Deportiva
Enrique Macaya Marquez Especial para La Nación Deportiva
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21 de marzo de 2000  

En las puertas de la etapa clasificatoria para la Copa del Mundo, las credenciales que presenta la selección argentina aparecen confusas, borrosas, marcadas por desniveles e irregularidad. Esto tiene que ver con los dos aspectos que hacen directamente al funcionamiento de cualquier conjunto: la capacidad individual que por sí misma puede disimular deficiencias del funcionamiento colectivo y la producción del equipo que inteligentemente suma los aportes de cada uno para manifestarse en un todo.

Si bien ya reconocimos la brevedad de ese tiempo sin tiempo destinado a la preparación y la adaptación -hoy agravado por la protección de la FIFA para los clubes europeos, regularizando la desobediencia a las normas-, sólo queda el recurso de hacer camino al andar. Y esto se complica cuando la actualidad de los seleccionados marca un bajo rendimiento en su conjunto, con jugadores que en algunos casos ni siquiera ocupan la titularidad. Estos protagonistas aparecen cansados, preocupados y ocupados, olvidando su propio juego. Más aún, la no aceptación de Redondo ejerciendo su derecho a no participar pone de manifiesto un estado rigurosamente profesional que ubicando blanco sobre negro establece la relación de los jugadores y la selección en un plano de mutuas conveniencias carentes de otros valores cuyo hábitat no es precisamente en bolsillo.

Si bien la generalización es injusta, está claro que por sometimiento a calendarios exigentes y a recompensas de presente y futuro el jugador queda sometido a un desgaste que deprime el entusiasmo. Bielsa no exterioriza, al menos públicamente, quejas con música de excusas. Esto tranquiliza y preocupa. Tranquiliza su seguridad y preocupa la producción del equipo. Hoy está amenazado, con un enemigo adentro -el equipo- y otro afuera, los que conducen el vehículo de las expectativas.

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Tras el partido en Wembley quedó un saldo que tras señalar la mediocridad del partido y de la actuación de la selección argentina, ni siquiera le dio valor al resultado. Retornaron las preguntas de siempre sobre el estilo, la identidad y el dudoso parentesco entre la segura exposición conceptual y la insegura realización futbolística. Hay quienes plantean falsas opciones, como obediencia o creatividad. Olvidando que la obediencia puede ser una herramienta para crear y la creatividad puede obedecer a una idea. Pretenden encerrar al técnico en el juego de las prioridades. Tendencia al trabajo defensivo o falta de audacia para la búsqueda agresiva.

Conociendo la nómina es difícil imaginar grandes cambios en las formas. Ya no hay tiempo para variar. Bielsa será el responsable de la formación, del juego y de sus resultados. O a la inversa. Deberá seguir enfrentando conceptos que falsamente establecen una puja entre la libertad creativa y el sentido táctico, cuando no son valores antagónicos sino complementarios. En definitiva, el tiempo del aprendizaje y el estudio ya murió. Esto es lo que hay o lo que queda.

Los jugadores, más allá de sus propios deseos, van siendo absorbidos por valores que los han acostumbrado a otras formas de vivir, de sentir y de jugar. Cuando alguno piensa en la identidad y reclama en nombre de algo tan concreto como abstracto, lo está haciendo desde el lugar del sentimiento, de la pasión. Algunos mezclando erróneamente patria y bandera. Otros, creyéndose representados por los protagonistas y exigiéndoles algo más que el cumplimiento de un compromiso profesional, desean ganar a través de sus jugadas, para meterse a disfrutar en la campana de cristal que lo aleja de una realidad que muchas veces lo castiga. Ha llegado el momento de actuar con certeza para alcanzar el objetivo fundamental: ganar. Porque si la victoria sin belleza dura poco, la belleza sin victoria condena.

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