La reinvención de Enzo Pérez: curso veloz y aplicado para ser el 5 de River

Román Iucht
Román Iucht PARA LA NACION
Fuente: LA NACION - Crédito: Daniel Jayo
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14 de septiembre de 2019  • 11:54

Jugar de 5 en River es una tarea que implica una gran comprensión del juego y una buena técnica, pero fundamentalmente gran valentía. Mucho espacio que ocupar, gran entendimiento del concepto de equilibrio para hacer los relevos en tiempo y forma, desprenderse con velocidad y precisión de la pelota y poseer esa voracidad genuina, indispensable para presionar y someter al rival en los momentos oportunos.

Mediocampistas derechos como J.J. López, Héctor Enrique, Monserrat, Coudet, Lucho González y Carlos Sánchez fueron válvulas de escape que expandieron el juego desde la raya. Desde Alonso hasta Pisculichi, pasando por Aimar, Gallardo u Ortega, el costado izquierdo siempre estuvo ocupado por grandes talentos vinculados con la creación. El 5 de River no debe temer a la intemperie, a quedar huérfano en la disputa. Hay que saber caminar por el precipicio con gran destreza sin pensar ni mirar hacia abajo. Si cualquier equipo define su estilo a partir de las características de su mediocampista central, el formulario para llenar en Nuñez tiene una cantidad extra de requisitos para completar.

Desde que Gallardo hizo un movimiento en la final contra Boca en Madrid, Enzo Pérez se transformó en el 5 titular y absoluto de River

Parecen condiciones que se llevan innatas, que se maman desde la cuna. Por la especificidad de la posición y sus funciones cuesta imaginar que alguien que arrancó desplazado al costado derecho y que incluso llegó a jugar acompañando a un delantero, sea capaz de adaptarse a tan compleja función. De aquel Enzo Pérez veloz, directo y vertical a este cerebral y organizador del juego, pasó el fútbol europeo por su carrera para transformarlo y reinventarlo en otro jugador. Benfica lo fue puliendo y le agregó pausa a su juego y Valencia lo hizo líder, capitán y durante algunos años referente de grande noches en Mestalla.

Marcelo Gallardo, como es su costumbre, insistió en diferentes mercados de pases para repatriarlo, y cuando el mendocino vio que una luz ínfima abría una hendija, su deseo empujó la puerta y el sueño de vestir la camiseta del club del que es hincha se cristalizó para volverse real.

Los primeros dos años fueron de menor a mayor. Su jerarquía y versatilidad lo ayudaron a ganarse un lugar, su calidad lo distinguió rápidamente y lo hizo una pieza valiosa, pero algunas limitaciones físicas generaban que fuera recambio casi permanente a la hora de buscar variantes. Las medias bajas como síntoma indefectible de cansancio y su salida antes del final del juego se volvieron una escena repetida en el inicio del ciclo. El técnico siempre ha buscado reinventar a su equipo. La versión actual resiente al rival con el juego interior y desde esa visión lo ubicó a un costado de Ponzio. Como para todo River, su vida cambió desde el 9 de diciembre de 2018.

Crédito: Diego Haliasz / Prensa River

En la inolvidable final de Madrid, el entrenador debió arriesgar para conseguir el empate y sacrificó a su capitán en la mitad de la cancha, privilegiando todo lo que podía aportar el mendocino. Desde ese día y hasta hoy, Enzo Pérez no solo se transformó en el 5 titular y absoluto, sino que además su sola presencia resulta suficiente para tapar los posibles agujeros defensivos, así como también organizar el juego con una gravitación evidente. Su técnica natural simplifica acciones de ataque con pases certeros. Su inteligencia y aprendizaje lo transforman por diseño en el abanderado de la presión para recuperar alto y achicar la transición de defensa a ataque.

Tuvo que aparecer alguien tan importante como Américo Gallego para desbancar del centro del campo a un prócer como Reinaldo Merlo. Fue necesario un "Jefe" como Leonardo Astrada para tomar la posta que dejó el Tolo. El comienzo del nuevo siglo mostró una de las apariciones más importantes del fútbol argentino, con el desembarco de Javier Mascherano en el círculo central del seleccionado y del club de Nuñez. Luego llegó Cristian Ledesma con sus pisadas y manejo para conquistar el paladar negro del hincha millonario, hasta que Leonardo Ponzio se transformó, tras un breve pero extraordinario fogonazo de Matías Kraneviter, en el amo y señor de la mitad de la cancha.

Siempre supo que alguna vez jugaría en River. En aquel febrero de 1986 cuando su madre cursaba la semana treinta y ocho de gestación, también confirmó tras el inolvidable gol de chilena a Polonia, que se llamaría Enzo como el ídolo de su padre.

Respetuoso de las tradiciones y continuando con la dinastía, se encargó de repetir la historia con su hijo. El legado siempre mostrará un nombre en común y la banda roja en el pecho.

El pasado le recuerda el esfuerzo y el futuro lo invita a soñar, aunque este no es el momento ni de padres ni de hijos. Ahora hay que hablar de este Enzo Pérez. El cinco de River en tiempo presente.

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