Euforia teñida de verde y amarillo

La torcida le puso música y color a la victoria brasileña; con sus esculturales mujeres y una ruidosa batucada contagió de alegria a todo el público japonés
Hugo Caligaris
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26 de junio de 2002  • 11:51

SAITAMA.– El cielo plomizo y unas gotas aisladas no alcanzan. Para apagar el carnaval, sea éste carioca o bahiano, hacen falta baldes, ríos, lagunas, y aun en ese caso es probable que los brasileños siguieran bailando y tocando sus pitos bajo el agua.

El estadio era una tromba de camisetas amarillas tocadas aquí y allá de verde. No era una noche para andar con el ombligo al aire, pero las mulatas no llevaron como protección contra el frío otra cosa que no fuera su piel, y el movimiento. Tanta cadencia, tanta musicalidad, actuaba como un poderoso estímulo para los sentidos del observador neutral.

Eramos pocos: la batucada los contagiaba a todos. La reina de la fiesta, indiscutidamente, era Zezé, una morocha espectacular, que se había introducido a fuerza de buena voluntad en unos ajustadísimos pantalones de cuero. En las piernas de esos pantalones había inscripto los nombres de sus héroes: Rivaldo, Cafú, Marcos, Denilson, Emerson. El brevísimo corpiño estuvo varias veces a punto de saltar, dada la energía que Zezé ponía en sus movimientos.

La rodeaban garotas con los labios pintados con los colores de su patria y muchachos con el pelo teñido de verde. Zezé hechizó a los periodistas, que requirieron su colaboración para mil notas, y con su simbólica exuberancia ocultó un detalle que, sin embargo, estaba a la vista de todos: quienes tocaban tambores con auténtico swing brasileño eran japoneses.

Ayer, tres nipones ostentaban el liderazgo, gracias a sus imaginativos trajes de samuráis, hechos con los colores de la bandera brasileña.

En tanto, los turcos pasaban en medio de la multitud con resignación. Portaban, cierto, sus banderas, y algunos de ellos se mostraban con sus atuendos típicos, pero en el fondo de su expresión se leía con nitidez la frase: “Sabemos que nos espera el matadero”.

Pese a esa impresión de tener que bailar con la más fea, los simpatizantes turcos exhibieron un filosófico orgullo por haberse transformado en la gran sorpresa del Mundial. Pisar otras arenas que no sean las del desierto cruel es mérito que, por sí solo, va más allá de las minucias del fracaso o del éxito.

Un fenómeno que se propagó en todos los partidos es la constitución de pequeñas salas de maquillaje al aire libre, en las inmediaciones de las puertas de ingreso. Unos a otros se decoran la cara con el cuidado que pondría un experto del mundo de la moda al embellecer a sus modelos. Algunos maquilladores futbolísticos reclaman a cambio de sus servicios pequeños emolumentos, que pueden reducirse al valor de una lata de cerveza. Creemos que el negocio prosperará y que los tendremos entre nosotros, instalados en sus tiendas a la vera de la cancha de Boca.

Atípica también para nuestras antiguas costumbres resultó la kermesse. Grandes marcas locales (Toshiba, por ejemplo) instalaron sus puestos, con clásicos juegos de feria. Por supuesto, no faltó el tiro al arco, ni la tómbola, en estos tiempos ya no manual, sino eléctrica.

Se formaron largas filas para jugar, puesto que los ganadores recibían pequeñas recompensas, tales como camisetas y relojes. Podría ser, en el fondo, un modo de hacer la competencia más participativa, y también una manera fresca de atraer a la cancha a los niños. Claro: aquí la sensación de riesgo potencial no existe. En nuestro país, entre el momento de levantar el martillo y el de descargarlo puede desaparecerle a uno la billetera.

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