Federer, el hipnotizador

Marcelo Gantman
Marcelo Gantman PARA LA NACION
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14 de diciembre de 2012  • 16:27

Roger Federer logró generar un efecto hipnótico en su permanencia de 96 horas en la Argentina . Quienes se le pudieron acercar y quienes lo siguieron por televisión y redes sociales, han recibido la misma impresión de un tenista que batió records y superó todos los niveles de calidad . Periodistas, gerentes de marketing, relacionistas públicos, empresarios, allegados, alumnos de escuelitas de tenis, camarógrafos, dirigentes deportivos y especialmente los espectadores, todas han (hemos) bebido del mismo ajenjo que el propio RF nos sirvió. Un embelesamiento colectivo para que veamos a un excelente jugador, a una celebridad gentil y a un hombre cuya humildad nos resulta insuficiente para distribuir entre los que nos quedamos, ahora que él ya se fue.

Un hechizo de cuento infantil barnizó esta semana cada acción de Roger Federer. Hemos tenido al jugador apartado de la feroz competencia y entregado a una faceta que tal vez represente lo que el suizo pueda hacer dentro de unos años cuando se haya retirado. Los dos partidos con Juan Martín Del Potro fueron el punto de apoyo para desarrollar actividades previstas por contrato. Con el encanto de su juego y la cordialidad de sus modos, Federer desplegó una visita con estaciones debidamente patrocinadas y siempre sutiles. Federer tuvo actividades públicas ( los partidos con Delpo ), otras semi-públicas (cenas benéficas, desayunos por invitación, clínicas de tenis, futbol-tenis en la Bombonera ) y otras privadas como parrilladas y cenas exclusivas de las que se conocen apenas detalles. Ese encadenamiento de presencias conforman el perfil empresarial de Roger Federer que sí tiene éxito y es celebrado hasta por los que no asistieron, es porque decididamente no parece que estuviéramos frente a un hombre de negocios. Lo que no significa que no lo sea.

Roger Federer es el administrador y creador de su propia marca. Su atractivo pasa por jugar al tenis y distribuir sus "Gran Willy" en dosis exactas para maravillar

y no saturar. Al día siguiente puede estar de pantalón gris, zapatos de cuero negro, camisa blanca y sweater azul para fotografiarse con invitados en un "meet and greet", una modalidad que usan las estrellas pop para tomar contacto con sus fans. Me permito un dato autorreferencial para que se pueda comprender la profundidad de su comportamiento. En uno de esos desayunos, ante la gran oportunidad de poder fotografiarme con él, le agradecí a Federer ese lujo. Esa posibilidad de estar donde miles quisieran estar. Su respuesta fue de manual, pero con una calidez que derrite témpanos: "El agradecido soy yo que puedo tener una foto con vos…". No hacía falta que lo dijera. Pero en ese rol de anfitrión, a miles de kilómetros de Suiza, Federer debe decir eso que dijo.

Un día Roger Federer se va a retirar y será una celebridad que jugó al tenis. Lo cual ya es bastante complejo y difícil de llevar. Quizás su agenda futura (tendrá mucho dinero, pero también para él el día tiene 24 horas y habrá que llenarlas) esté armada por este tipo de giras que lo trajo a Brasil, Argentina y Colombia. Noventa minutos de tenis y una serie de "experiencias memorables", como definen los marketineros, componen el producto que Roger Federer ofrece y todos compramos sin imposición y con extremo placer. Quien quiera ver su llegada a San Pablo (http://www.youtube.com/watch?v=b0Ws9heWoMQ),en su propia plataforma en You Tube, podrá apreciar que salvo algunos matices, Federer repite su fórmula ahí donde pisa y cautiva. Su protocolo nunca es forzado y es tan natural como ese medio flequillo que hace saltar por encima de su vincha.

Ese es el secreto del tenista que cambió la ecuación de su deporte. Y que ya se ubica en ese acotado espacio que sólo habitan Michael Jordan, Michael Phelps, Tiger Woods, Diego Maradona y algún otro falte en ese listado. Esperó mucho tiempo para llegar a Sudamérica, un lugar a donde el tenis jamás lo había depositado. El deportista más afeitado del mundo ya está cerca de tomarse un descanso y cuando nadie lo vea, y no haya letra chica que respetar, podrá dejarse unos días la barba.

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