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Detrás de cada vidriera se esconde la desolación; el desconsuelo por vivir lo que todos hubiesen querido evitar. El centro de Caballito, que une la avenida Rivadavia desde Acoyte hasta Avellaneda, esta más vacío que nunca. La gente camina cansinamente y los locales se abren más tarde de lo acostumbrado. El clima fue diferente al de otros tiempos. Ferro ya no era más de primera. En el quiosco de diarios que tiene Gerónimo Saccardi, a metros del monumento al Cid Campeador, fueron pocos los que se pararon a comprar. Es comprensible: ese N° 5, símbolo de la época más gloriosa del club de Avellaneda y Cucha Cucha vivió uno de los días más tristes de su vida. Ni qué hablar de los cafés, en los que el fútbol pasó a ser un tema prohibido para los que en un rincón del corazón sienten como ninguno la camiseta verde de la entidad fundada por 95 empleados ferroviarios en una tarde de 1904.
El drama del descenso abrazó a Ferro, club modelo de los años ochenta. El mismo que por conducción y por los títulos obtenidos en los campeonatos Nacionales de 1982 y 1984 fue todo un ejemplo del fútbol argentino.
Eran los días de Cúper, Arregui, Brandoni, Rocchia, Barisio, Márcico, Crocco, Agonil... Con la conducción de Carlos Timoteo Griguol consiguieron lo que jamás pudieron disfrutar figuras como Marrapodi, Sarlanga, Gandulla, Emeal, Marzolini, Berón, José Manuel Moreno, Roma, Garabal, Tojo y Vidal.
Fue una época que quedó marcada a fuego. En el Metropolitano de 1981 peleó palmo a palmo el título con el Boca de Maradona y Brindisi, finalmente campeón; luego, en diciembre, Ferro llegó a la final del Nacional. Cayó ante el River de Kempes, en ambos encuentros por 1 a 0, pero al año siguiente se tomó el desquite de forma arrolladora... Sin perder un partido, conquistó su primer título. Fue el 27 de junio de 1982, ante Quilmes, al que venció en la segunda final por 2 a 0 (el primer cotejo había terminado sin tantos). Ese día, Ferro formó con Basigalup; Gómez, Cúper, Rocchia y Garré; Carlos Arregui, Saccardi y Cañete; Crocco, Márcico y Juárez.
De allí en adelante Ferro se convirtió en un serio candidato a ganar cada campeonato. En el Metropolitano de 1983 salió tercero a dos puntos de Independiente y en el mismo torneo del año siguiente quedó a un punto de Argentinos, el campeón. Hasta que el 30 de mayo de 1984 ganó otra vez el Nacional. Basigalup; Agonil, Cúper, Marchesini y Garré; Carlos Arregui, Brandoni y Cañete; Noremberg, Márcico y Gargini fueron los ídolos, que en la segunda final vencieron a River por 1 a 0, con un tanto de Cañete; hombres que, seis días antes, en el primer encuentro decisivo, lograron una victoria por 3 a 0 que todavía se recuerda en el Monumental.
En Ferro no supieron cuidar el fruto de tanto esfuerzo. Una serie de malos manejos lo llevó a esta dolorosa realidad. Ya no se pasean por la sede los 70.000 socios que practicaban tenis, voleibol y basquetbol (el deporte más ganador y popular de la entidad, que hoy vive un presente tan duro como el del fútbol). El prestigio del estadio Héctor Etchart perdió tanto peso como la entidad y mientras camina por la cornisa el gobierno de Santiago Leyden -el hombre que lo condujo a la gloria y que volvió por pedido de la gente-, hoy menos de 10.000 socios forman parte del club.
Ferro, un club símbolo de la clase media argentina, le dijo adiós al fútbol de primera. Anda perdido, sin rumbo. Hoy más que nunca, sus páginas gloriosas le exigen un rápido vuelco para olvidar, de una vez por todas, esta triste historia.
