A la caza de las Geishas

Hugo Caligaris
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27 de junio de 2002  • 09:19

KIOTO, Japón.- Yendo de templo en templo, entre montañas y llanuras, rogábamos al dueño del cielo que detuviera la incesante lluvia. No lo hizo. Imprecamos contra él con dureza, poniendo en tela de juicio su autoridad. Pero Buda replicó: “Yo manifiesto mi poder de maneras diversas. Una de ellas es concederte la gracia que me pides, accediendo a tu deseo. Otra, negártela, ya que así te demuestro que mi voluntad supera a la tuya y te someto, de paso, a pruebas de las que saldrás más fuerte y más sabio”.

Estos dioses tienen respuesta para todo. Nosotros también. Jamás asistimos a la escuela del rigor, porque no nos parece justo que además de sufrir haya que pagar la cuota. De modo que nos encaminamos al barrio de Gión, cuyas veredas techadas aseguran paseos libres de humedad en una de las zonas urbanas más pintorescas de Kioto.

De pronto, al caer la tarde, la vimos: venía hacia nosotros una geisha. Nos atrevemos a jurar que no era una mujer normal vistiendo naturalmente su kimono. La delataban su porte, su cara empolvada y, sobre todo, ese peinado de porcelana tocado con relucientes peinetones y alhajas por culpa del cual se dice que las geishas no duermen sobre suaves almohadas sino apoyando la cabeza en rígidos cubos de madera, con el fin de no descomponer su tocado.

¿Adónde iría? ¿Qué iría a hacer esa ave rara rodeada por tantos pájaros vulgares? Como es natural, la seguimos con toda la discreción del caso, guardando la debida distancia. Pero en un momento su tranquilo andar de muñeca de cuerda debió transformarse, ya que ella dobló por un pasaje oscuro y desapareció sin dejar rastros. Simplemente se desvaneció, como si se hubiera hundido en el túnel del tiempo.

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Cualquiera que vaya a Kioto tiene el deber turístico de ver, por ejemplo, el castillo de Nijo, la residencia del legendario unificador de Japón, Ieyasu Tokugawa. Tiene pinturas muy bellas en el estilo ukiyoe, pero antes que comentar esas imágenes de pavos reales y tigres en combate el visitante hablará de los pisos que trinan. Ieyasu no quería que lo sorprendieran desprevenido y ordenó a sus artesanos que le instalaran algo menos burdo que puertas con candado.

Uno “debe ver” Nijo. Pero si uno fue a Kioto y no vio a una geisha, el placer de narrar sus aventuras entre amigos se transformará en burla, en pesadilla. Digámoslo con cierta crudeza: antes que templos zen, museos y delicadas artesanías, los turistas en Kioto buscan geishas, ya que esta ciudad ha sido su cuna y será tal vez su tumba.

Con haber divisado una, aunque más no fuera desde lejos, teníamos el pasaporte al día. Pero quisimos más, y fuimos a verlas bailar en el Gion Corner. Allí interpretan la miyako odori, danza de los cerezos, deslumbrando al público con sus vistosos trajes y sus delicados gestos manuales.

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La demanda condiciona a la oferta y, como no podía ser de otro modo, existen personas y empresas dedicadas a brindarles a todos los turistas dispuestos a pagar lo suficiente la por lo tanto mal llamada “experiencia única” de tomar contacto directo con una geisha.

En la región de Hakone, por ejemplo, existe la Hakone Geisha Association, que se encarga de hacer que uno participe en una ceremonia del té ofrecida por geishas garantizadas. En Kioto trabajan guías como el canadiense Peter Macintosh. Por apenas 5000 yenes (unos 40 dólares) él se ofrece a caminar con el interesado por Gion a la caza visual de la geisha perdida. Es decir: cobra 5000 yenes por lo mismo que nosotros conseguimos gratis.

Pero si el candidato se estira hasta los 50.000 yenes, el especialista se compromete a sentarlo durante cuarenta minutos frente a una legítima geisha, para preguntarle lo que quiera. Eso excluye, por cierto, cualquier consulta referida a su vida privada: ante la menor insinuación sexual, la geisha se retirará ofendida sin que ello justifique la devolución del importe previamente abonado. Hay dos cosas de las que las geishas no hablan: sexo y política, exactamente al contrario que la mayoría de los argentinos y argentinas.

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Se dice que en Kioto había 80.000 geishas en 1930, y que hoy quedan menos de mil, pero bien puede tratarse de otra treta publicitaria tendiente a jerarquizar el tour. Sólo las “geishas onsen” toman contacto íntimo con sus clientes, pero constituyen una variante que excede nuestro tema; se trata de prostitutas vestidas como si fueran geishas.

Las de verdad son joyas refinadas. Geisha significa “persona dedicada al arte”, y ese arte es el de satisfacer a los hombres desde un punto de vista, en principio, espiritual. El reciente libro de Arthur Golden “Memorias de una geisha” devela en parte la leyenda: se trataría de niñas de origen muy humilde, depositadas por sus padres en una okiya, o casa de geishas. Allí se las educaría con rigor, en las artes del adorno personal (shimadamage), la danza y el shamisén, o guitarra japonesa. Las aprendizas se llaman maikos, y se distinguen de sus maestras por los colores de su ropa. Se dice que cuando las maikos llegan a la adolescencia se las ofrece como vírgenes a un cliente adinerado. Esta ceremonia de iniciación sexual, o mizuage, está oficialmente declarada ilegal en el Japón contemporáneo. Al crecer, las geishas suelen encontrar un danna, un amante oficial que las protege y las mantiene.

No cualquiera puede contratar los servicios de una geisha, insisten los astutos agentes. Y si se logra, no será sino para que lo recreen a uno como a un shogún japonés del siglo XVII y lo inicien en los arcanos estéticos del Oriente, sin permitirle avanzar más allá de la puerta. Hay una categoría ultrareservada que los guías mantienen bajo la manga, y que consiste en dejar a solas a turista y geisha durante el tiempo que ambos consideren conveniente. En ese caso, la geisha cobrará, literalmente, en palitos: sus tarifas se miden por lo que tardan en arder los sucesivos senko, o palitos de incienso que se van encendiendo desde que comienza el encuentro.

La fiesta costará una fortuna, pero hay interesados en pagarla. Imaginamos que en el futuro serán sobre todo extranjeros, compradores de exotismos varios a cualquier precio. ¿Y qué hay más exótico para un extranjero que una geisha, un ser al mismo tiempo superior y sumiso, terrenal y etéreo, pecaminoso e inocente? Para los japoneses de última generación, en cambio, el programa se parece cada vez más a una velada folklórica pasada de moda, bastante aburrida y con pocas probabilidades de bajar del paraíso al terreno crudo de los hechos. Por eso prefieren buscar lo prohibido en otra parte, lejos de los libros de cuentos.

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