A punto: Racing se aferra al último envión para llegar al título

Más allá de un opaco rendimiento general, venció a Lanús por 2 a 0 y con empatarle a Vélez gritará campeón
Claudio Mauri
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17 de diciembre de 2001  

A estas alturas, cuando la definición del torneo sorprende al equipo en su versión más rústica y primitiva, depender de sí mismo le genera a Racing tanto alivio como intranquilidad. Porque a la ventaja esperanzadora se opone la confusión colectiva y la precariedad futbolística. Entonces la ilusión va, marcha intacta entre su multitud, aunque el equipo vaya dejando jirones y suene a roto.

Este Racing volvió a demostrar ayer que no está para mucho más que para sacar un resultado positivo. Sobre todo si enfrente tiene a un rival como Lanús, que aun en los momentos en los que controló la pelota necesitó prismáticos para divisar a Campagnuolo. Si se escarba, en la victoria de Racing no se encontrará más que su proverbial modestia, su asumida vergüenza competitiva y su consecuente ceguera.

Un Racing auténtico, se dirá. Tanto en la cancha, sostenido por un alambre, como en las tribunas, respaldado con una masividad conmovedora por su gente. Justo ahora que el maleficio de los 35 años está a punto de cancelarse, hasta parece una irreverencia perturbar tanto jolgorio tribunero para señalar la decadencia del equipo en las últimas fechas. A alguno puede sonarle tan inoportuno como interrumpir una fiesta de casamiento para criticar el traje de la novia. Lo cual no quita que la gente se ofusque y se angustie con algunos pasajes patéticos del equipo en el segundo tiempo, pero el resultado es como una terapia de shock que la devuelve al estado de jubilosa expectativa, alimentada en el descuento por ese segundo gol que Racing había buscado poco y mal, salvo cuando Lanús dejó amplios espacios por las dos expulsiones.

Excepciones al margen, a Racing todo le costó mucho en el torneo. Y este sprint final le está resultando doblemente pesado. El juego, eso que nunca le fluyó espontáneamente, ahora lo da con cuentagotas. Mantiene, eso sí, cierta convicción ganadora, la testadurez de que el triunfo será suyo. Eso lo demostró en el primer tiempo, por encima de su traslado dificultoso y de que sólo pretendió ganar metros con los pelotazos a dividir.

En Racing, la pelota no es un factor de unión; a veces lo intenta hacer el mellizo Gustavo, pero nadie lo sigue. Un interlocutor válido sería Viveros, que a su gusto por el cuero le suma el panorama para hacer jugar a los demás, pero Merlo prefiere tenerlo en el banco más tiempo que el aconsejable.

A fuerza de córners, laterales y tiros libres, Racing fue empujando a Lanús con su acotado repertorio. El conjunto granate no perdió el orden, pero fuera de un par de centros tuvo el peso ofensivo de una pluma. Vendido Klimowicz, el piberío –Coria, González, Galván– sucumbió a la presión local.

Racing se puso en ventaja por su vía natural para moverse dentro del área: tumulto, despejes, rechazos sobre la línea, hasta que Maceratesi enderezó al gol la trayectoria de un remate de Vitali. Con el éxito en marcha sobrevino la peor imagen de la Academia, porque lo defendió con un planteo cauteloso, enemistado con la pelota. Lanús, si bien tomó la iniciativa al sacar un defensor y poner un volante, lo perturbó poco. Pero la parálisis de Racing fue alarmante. Tiene el título a tiro; parece que puede llegar con el envión, si es que toma conciencia de lo peligroso de andar a ciegas.

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