Aguerrido, efectivo, matador

Ariel Ruya
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25 de enero de 2002  

Vistoso efectivo, ganador. Con este cóctel de elogios, San Lorenzo se consagró campeón del torneo Clausura una fría tarde de junio, un premio a la unión, el trabajo y el talento. Aguerrido, contundente, matador. Estas virtudes, acaso las más simples y decisivas, marcan el sello de distinción de este San Lorenzo, el campeón de la Copa Mercosur 2001, el primer éxito internacional de la rica historia de la entidad azulgrana. Campeón, otra vez campeón.

El 2001 –el año que ya pasó, el título que se postergó hasta ayer– es, por lejos, el mejor año de la historia de Boedo. Arriesgado resulta, por siempre, comparar épocas doradas, como el título de 1946, los Matadores de 1968 o, acaso, el bicampeón del 72. Pero lo reciente supera todo lo visto, disfrutado, añorado. San Lorenzo se consagró en América del Sur, un hito que nadie, con los mismos colores, pudo conquistar.

La grandeza supera los límites si se recuerda cómo se construyó el ciclo exitoso, conducido por Manuel Pellegrini, el principal responsable de tanta vuelta olímpica. El caos superaba los límites del Bajo Flores a principios de año, cuando el oficialismo y la oposición luchaban por ideas, propuestas y poder. Oscar Ruggeri, técnico en aquellas jornadas, dio el portazo el día que se dio cuenta de que el plantel era más díscolo que sumiso.

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Hasta que la cintura política de Fernando Miele, el ex presidente de la entidad, en el peor año de su gestión –comenzada en 1986–, acertó con el ingreso de un tal Manuel Pellegrini, chileno, ingeniero, desconocido en el fútbol doméstico. Fue, acaso, el mejor acierto del ex dirigente en 2001. La apuesta fue fuerte.

Y Pellegrini modificó peleas por orden, dudas por certezas, incertidumbre por personalidad. El plantel recuperó la unión extraviada, se impuso a la adversidad, como tropiezos en el campo de juego o reiterados conflictos económicos con estos y aquellos dirigentes. Es que la deuda interna creció al mismo ritmo que los triunfos ante cualquier rival y sin importar el escenario. El desgaste entre el plantel y el cuerpo técnico con las autoridades –ayer y hoy– no se detuvo, pero los jugadores se hicieron más fuertes en la adversidad. Madurez y experiencia fue la fórmula.

Se apostó por un sueño y se despertó con un postergado título internacional entre sus manos. La Mercosur fue el riesgo asumido y el éxito, la consecuencia. Y un equipo aguerrido, no tan vistoso, hizo historia. Fue el mejor. Un verdadero lujo.

Por: Ariel Ruya
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