Al final, la Copa estaba guardada en el banco

Diego Latorre
Diego Latorre LA NACION
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10 de diciembre de 2018  • 00:26

MADRID.– Dentro de las múltiples tareas de un entrenador, la de armar el banco de suplentes puede sonar algo menor. Nada más lejos de la realidad. Los que van a sentarse a esperar su momento no salen en la foto inicial, no captan la atención desde el arranque, parecen actores secundarios. Pero casi nunca lo son.

Uno de los tantos comentarios recurrentes antes de la final era la notable diferencia de plantel entre un equipo y otro. Y sin embargo, cuando llegó la hora de la verdad, cuando la enorme demanda física y psicológica de una serie interminable de 40 días de duración empezó a depositarse en los músculos de los protagonistas, el que tenía menos usó mejor sus herramientas y agrandó sus posibilidades hasta inclinar la balanza hacia su lado.

Entre la variedad de jugadores que componen un equipo suele haber habilidosos, veloces, fuertes, inteligentes… pero casi nunca abundan ni la jerarquía ni el talento. Marcelo Gallardo (en realidad, Matías Biscay) y Guillermo Barros Schelotto acomodaron entre sus suplentes a dos de los cuentan con esos dones. Juan Fernando Quintero de un lado, Carlos Tevez del otro, y en el aprovechamiento que cada uno hizo de esa calidad que guardaba en la reserva se explica buena parte de la resolución de esta Copa Libertadores (la expulsión de Wilmar Barrios fue el otro factor determinante).

La expulsión de Wilmar Barrios - Fuente: Fox Sports

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Resulta difícil entender por qué Quintero no acaba de consolidar su carrera, de convertirse en un hombre indiscutido e insustituible. Su ingreso en el segundo tiempo fue un punto clave para cambiar la historia del partido.

Durante algo menos de una hora Boca había logrado contrarrestar con eficacia el afán de protagonismo de River. Fue entonces que con 0-1 en el marcador y tras 45 minutos con demasiadas imprecisiones y sin que los volantes incidieran en el juego tal como suele ser habitual, Biscay mandó a la cancha al hombre que el equipo necesitaba para darle las posibilidades creativas que le estaban faltando y provocar un salto de calidad en el funcionamiento colectivo.

Quintero puso el 2-1 para River Plate - Fuente: Fox Sports

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Tevez también es dueño de una personalidad y una jerarquía fuera de toda duda, al margen de que esté cerca del final de su carrera y no pueda aguantar físicamente el ritmo de un partido intenso. Su exclusión en un contexto donde cualquier detalle puede torcer el rumbo llamó mucho la atención, y pareció un desperdicio verlo jugar apenas los últimos minutos, cuando Boca ya estaba 2-1 abajo y con un jugador menos.

Pero además de Tevez, Guillermo puso a su disposición un surtido de jugadores algo extraño. Le dio la espalda a Cardona y solo apostó por Gago como futbolista de pausa y tenencia en mitad de la cancha, sin tener en cuenta que su plan de partido exigía un tremendo esfuerzo de los volantes para impedir el juego de River. Así, cuando el cansancio fue diezmando las fuerzas de Nández , Pablo Pérez , Barrios y hasta de los extremos, obligados a recorrer muchos kilómetros, las características de los que fueron entrando no alcanzaron para cubrir de manera idónea lo que en esos momentos requería el encuentro.

A cualquier equipo le genera un enorme desgaste jugar sin la pelota. Por las distancias a recorrer, ya sea en los contraataques o en los retrocesos, pero también debido al factor emocional. Tener la posesión y llevar el dominio del partido da otra ilusión, porque uno siente que no solo está obstaculizando al rival, sino que trata de imponerse, y psicológicamente eso significa ir un paso por delante, más allá de las circunstancias y del resultado.

Fuera de todas estas cuestiones, y después de tanto nervio y tanta discusión, pudimos finalmente ser partícipes de un partido irreprochable en cuanto a actitud y actitudes. No me refiero a lo futbolístico, porque por ejemplo vimos un primer tiempo muy chato, sino a la entrega de todos. Resultó conmovedor ver el compromiso de jugadores como Nández, Buffarini, Pablo Pérez o Nacho Fernández (de muy buen segundo tiempo) para no rendirse a los calambres y los dolores.

Con sus distintos estilos, con las convicciones firmes de Gallardo y las dudas que de Boca, los dos jugaron a lo que quisieron jugar, y ninguno merece el menor de los reproches.

Pero al mismo tiempo, también el festejo de uno y la aceptación de la derrota del otro estuvieron a la altura de lo que son cada uno de estos clubes, de lo que significa su confrontación histórica y de la Copa Libertadores. La única pena es que hubo que irse hasta Madrid para poder disputar esta final. Ojalá que por lo menos sirva como punto de inflexión para nuestro maltratado fútbol argentino.

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