Al relato televisivo mundialista también le llegó la hora del cambio

Marcelo Stiletano
Marcelo Stiletano LA NACION
El relato en televisión, bajo la lupa
El relato en televisión, bajo la lupa Fuente: Archivo
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17 de julio de 2018  • 22:50

Rusia 2018 ya es historia. Llegó la hora del cambio. Se pide una nueva conducción técnica, renovación en el plantel de jugadores, basta de doble discurso entre los dirigentes que no se cansan de tomar decisiones equivocadas y jamás hacen autocrítica. ¿Y las otras voces del Mundial? ¿Las que nos narraron los partidos de Rusia 2018 y defraudaron también muchas de las expectativas argentinas, en este caso de los televidentes? En este terreno también hace falta una renovación. Parte de lo que ocurrió frente al televisor durante los últimos 30 días dejó tanta desilusión en los aficionados como el rendimiento del equipo argentino en las instancias decisivas.

¿Qué habría que cambiar? En principio, un estilo que hasta antes del Mundial pocos se atrevían a discutir. El ADN del relato futbolístico por televisión en la Argentina tiene al menos tres atributos bastante incómodos. La dosis más grande corresponde al énfasis, un vicio que fue creciendo con los años hasta hacerse en algunas ocasiones francamente insoportable. De a poco se fue aceptando un modelo de relato estentóreo, casi atronador, que suma en el caso de las transmisiones de los partidos del seleccionado un conjunto de permanentes adjetivaciones ligadas a todo lo que se estaría jugando la Argentina en términos de patriotismo durante un partido de fútbol. Esta forma de relato emocionalmente recargada se mueve entre extremos, como ya señalamos aquí en una columna previa. Si al seleccionado le va bien todo es euforia y alegría sin un solo matiz. Si le va mal, aparecerán de inmediato la indignación y la desesperanza. Estados de ánimo intensos, jugados siempre al borde de la exageración, que desequilibran el relato y pierden de vista el contexto. Una variante no menos nociva de este hábito es recurrir al sentimentalismo, otro enemigo de la moderación y de la necesaria visión de conjunto que exige el análisis de cualquier hecho deportivo trascendente.

Un segundo elemento característico del relato futbolístico local es esa mezcla de fanfarronería y altivez con el que muchas veces se observan las acciones de un partido de fútbol. Se trata de un factor que pudo quedar escondido en medio del atronador volumen de la narración, pero que no puede disimularse porque el relator argentino tiene que demostrar que está de vuelta de todo y que conoce hasta las motivaciones secretas y ocultas de todo lo que rodea al juego. Y nos queda el tercero, la redundancia como método. Hemos padecido mucho en este Mundial a los relatores televisivos con alma de narradores de radio, empeñados en sobreexplicar todo lo que la imagen muestra de sobra. Con su lenguaje florido, el cordobés Juan Carlos Romero llevó esta realidad al extremo: cuando terminaba de narrar una jugada, la pelota ya estaba en otro lugar de la cancha.

Se puede ser vibrante sin caer en el estruendo. Es posible darle emotividad a un relato en los momentos definitorios y no ceder a la sensiblería o al chauvinismo. No hace falta explicar de nuevo lo que ya vemos para impedirle de paso al comentarista que nos revele todo lo que la táctica y la estrategia nos ocultan. Hay relatores muy promisorios en la Argentina, desde los consagrados (Mariano Closs, Miguel Simón) hasta los que pasan un poco más inadvertidos (Gustavo Cima, Jorge Barril, Ariel Helueni, Carlos Lema). Por este lado habría que pensar el futuro del relato televisivo mundialista. Llegó la hora del cambio.

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