La primera noche de Alfaro en Boca: calma y paciencia en un partido para el olvido

Gustavo Alfaro, en su presentación como técnico de Boca
Gustavo Alfaro, en su presentación como técnico de Boca Fuente: LA NACION - Crédito: Mauro V. Rizzi
Darío Palavecino
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17 de enero de 2019  • 00:27

MAR DEL PLATA. Camisa celeste, pantalón y suéter azul oscuro, zapatos negros. Gustavo Alfaro avanzó lento y por primera vez hasta el banco de suplentes destinado a Boca . Caminó la línea de cal del campo de juego tanto como lo dejó el cuarto árbitro. Una necesidad que tuvo para acercarse a sus jugadores con repetidas indicaciones, tranquilo pero perseverante.

Ni se inmutó con el gol temprano de Unión, el primero que recibe en esta nueva etapa de su carrera. Algún aplauso, otro aliento a los más cercanos y el pedido insistente de un equipo corto, con gestos para los defensores a pararse en la línea central cuando su equipo tenía control de la pelota y el reclamo a algunos delanteros y volantes para ocupar espacios cuando el rival salía desde el fondo.

Observado en su debut, Alfaro transmitió calma en todo momento. Aun cuando sus jugadores no respondían y cada gol era un cachetazo. A los gestos de fastidio que advirtió respondió una vez con aplausos, otras veces con un "vamos" repetido y siempre con ese gesto de dos manos que parecían empujar desde el fondo hacia adelante, decidido a ir a buscar el gol como único objetivo.

Desde el inicio su preocupación principal fue el mediocampo. Con manos a los costados de la boca como para asegurar mayor resonancia, llamó varias veces al juvenil Cataldo para advertirle sobre su ubicación en el medio campo, al lado de Barrios. Y otra vez para pedirle que una vez con el balón controlado, busque a Tévez y delanteros con salida rápida.

A Olaza, el más cercano en la etapa inicial porque lo tenía sobre ese lateral, se le acercó en cada balón detenido. Le pidió que juegue pegado a la línea, que pida la pelota y vaya. "Andá, andá", se escuchó. A Pavón lo mismo, cuando lo tuvo cerca. Y a Villa, más alejado, también a los gritos le exigió que no se desentienda de su lugar más cercano a los volantes que al extremo de ataque. Ninguno le dio las respuestas que les reclamó.

Lo mismo en el complemento con Wingandt, al otro juvenil al que le dio un voto de confianza en este verano. A la pasada le remarcó una y otra vez que se muestre como salida.

Con los brazos, como quien marca algo que mide un metro, ponía límites a ambos extremos del equipo. "Corto, corto", volvió a pedir para que no queden espacios que Unión aprendió a explotar con la picardía y velocidad de Fragapane y el desborde de sus laterales, un problema que Boca no logró resolver.

Brazos cruzados, otro rato las manos en los bolsillos delanteros, luego frotadas en los traseros del pantalón como si descargara tensiones. Alfaro mira, lamenta, pero no se queja. Apenas si reclama por un lateral dudoso que Vigliano y el juez de línea marcaron para Unión, justo frente al banco de suplentes de Boca. El mal juego invita a la reprimenda, a tocar el orgullo de sus jugadores. Pero apuesta al silencio.

Hasta que llega el segundo. Otro gol de Unión y de Lotti, casi calcado al anterior. El técnico que mira al piso, piensa algunos segundos, llama un colaborador y ordena cambios. Reynoso y Zárate a la cancha, afuera Capaldo y Villa. Pavón a la derecha y Tévez un paso más adelante. Hay que atacar más. Aunque no haya plan. Y mucho menos sentimiento. Se mueven las fichas, pero la reacción no asoma.

De ahí en más los pedidos a Zárate para que se vincule con Reynoso. Pero siempre es Tévez el que más se muestra y toma la decisión. Traslada, habilita, falla. Pero es el único que intenta. Y nadie se contagia.

Se le escapan los minutos y el técnico ya no tiene margen para correcciones. La presentación fue para el olvido. Lo disimuló bien con elegancia en el paso, el saludo a vencedores y camino al vestuario, la mirada al piso. Quién sabe dónde verá y encontrará las soluciones para un Boca que, de estreno, demostró que le pesa todavía la derrota en el Bernabéu, se parece demasiado a aquel golpeado de Guillermo Barros Schelotto y ni una pizca tiene todavía del sello Alfaro.

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