Esteban Andrada: el exdelantero que juntaba uvas y desde el arco le dio un título a Boca

Crédito: @BocaJuniors
Pablo Lisotto
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3 de mayo de 2019  • 23:59

Esteban Andrada les muestra su amplia sonrisa a todos. El destino, que alguna vez lo puso a prueba, ahora le regaló una noche soñada: campeón con Boca, y con él como protagonista necesario. El remate que le desvió a Fabián Rinaudo sirvió para que, tras la definición de Carlos Izquierdoz, el conjunto xeneize levante la Supercopa Argentina por primera vez, y al mismo tiempo deje atrás una breve, pero intensa racha de frustraciones en finales recientes.

Es cierto. Durante los 90 minutos, antes de su rol estelar, mostró falencias, y pasó de una muy mala salida, que terminó con el arco vacío y la pelota en los pies de un jugador de Central, a una volada espectacular para neutralizar un gran remate de Villagra en el primer tiempo.

Pero Andrada prefiere quedarse con esa atajada que acaparó los flashes. En el ida y vuelta con LA NACION, disfruta de su gran momento, siempre con los pies sobre la tierra. Sabiendo en qué lugar están las cosas realmente importantes de la vida. Y agradecido a sus familiares y amigos, esos que siempre están.

-¿Qué pasó por tu cabeza cuando desviaste el penal y viste a tus compañeros festejar por anticipado?

-(Se ríe) ¡No entendía nada! Porque faltaba que convirtiera Cali. Así que apreté los puños y me fui a un costado, donde me agaché y esperé la definición.

-¿Pensaste que se les podía escapar?

-En realidad el segundo tiempo fue todo nuestro. Generamos muchas situaciones de gol y desde el arco me parecía que la pelota no quería entrar, sobre todo en esa seguidilla de pelotas en los palos, cerca del final. Inexplicable. Y cuando pasaron los 40 del segundo tiempo ya me fui mentalizando de que se definía por penales.

-¿Habías estudiado a los rivales?

-Había visto videos y tenía papelitos con anotaciones, pero falló porque ellos cambiaron y eso al principio hizo que no adivinara el lado de ningún remate. Al final empecé a jugármela y mal no me fue.

El brazo izquierdo de Andrada, bien estirado, atajará el penal de Rinaudo.
El brazo izquierdo de Andrada, bien estirado, atajará el penal de Rinaudo. Crédito: Marcelo Aguilar

-¿Mucha presión a la hora de los penales?

-Presión tienen los que se levantan a las 5 de la mañana y tienen que trabajar todo el día para llevarle el pan a su familia. Nosotros trabajamos con responsabilidad, y la verdad es que estamos disfrutando que se nos haya dado.

¿Dónde sirve más esta victoria? ¿En lo deportivo o en lo anímico?

-En lo anímico. Dimos un paso muy importante. Por suerte se nos dio. Es un desahogo que merecíamos y necesitábamos como grupo. Es algo que veníamos peleando desde hace mucho y lo pudimos sacar adelante. Precisábamos una alegría.

-¿Y cómo asimilaste el hecho de ser vos el protagonista?

-Es algo que soñé toda la vida. Salir campeón con esta camiseta es algo hermoso. Me lo debía a mí mismo y estoy muy contento.

El gesto de Andrada antes de cada penal intenta achicar al rival. Celebró su primer título en Boca.
El gesto de Andrada antes de cada penal intenta achicar al rival. Celebró su primer título en Boca. Crédito: Marcelo Aguilar

-Y encima en Mendoza, cerca de tus pagos.

-Si, y eso lo convierte en único e irrepetible. Porque es mi primer título en este club tan grande, y para colmo con casi toda mi familia en el estadio.

-El día previo al partido fueron a saludarte al hotel. ¿El triunfo es para ellos?

-Siempre. Porque son los que están. Para disfrutar conmigo en las buenas, y para bancarme en las malas. Se lo dedico a mis hijos, que me alegran cada día y me regalan una sonrisa cuando me levanto y cuando me voy a dormir. A mi esposa, que es la número uno, una fenómeno. La que está en todos los detalles. Lamentablemente no pudieron venir. Y del resto de mi familia a los que fueron pilares en mi carrera. A mi mamá, que es la que me dio el mayor apoyo en un momento triste. Fue la que me compró el botinero para ir a entrenar el primer día, y la que me obligó a seguir para adelante cuando quise largar todo. Por suerte ella sí pudo estar acá en el estadio, porque somos de acá de San Martín, Mendoza. Vinieron casi todos. Y a mi cuñado, que para mí siempre fue como un segundo papá.

La vida no fue sencilla para mamá Graciela. En 2007, don Horacio Andrada, sostén económico de la familia, perdió la vida en un accidente de tránsito. De pronto, se quedó sola y con seis hijos. Y al poco tiempo de ese impacto, Esteban, que entonces tenía 15 años, decidió emigrar a Buenos Aires, a apostar por su carrera futbolística. "En cuatro meses perdí a mi esposo y a uno de mis hijos", le contó ella al diario Los Andes.

Antes de probar suerte en Lanús, Andrada debió salir a trabajar de muy pequeño. Fue en un viñedo, donde cosechaba uvas, las metía en un tacho y las tenía que cargar en un camión. Cada uno pesaba 30 kilos y le pagaban 5 pesos por cada tacho. Económicamente no veía futuro, y por eso emigró a Buenos Aires. Pero aquella experiencia contribuyó a construir una personalidad muy fuerte desde lo físico y lo mental.

Con la Supercopa, feliz. Y en Mendoza, su tierra.
Con la Supercopa, feliz. Y en Mendoza, su tierra. Crédito: @BocaJuniors

Si hubiera sido por él, hubiera sido delantero. Le gustaba hacer goles y no evitarlos. Fue su papá quien le insistió con el arco, pateándole penales atrás de un arco mientras uno de sus hermanos jugaba en un club de San Martín. Y no se equivocó. Hoy Esteban no solo se destaca en la valla xeneize, sino que tuvo su bautismo de fuego en la selección argentina, y tiene buenas chances de formar parte del plantel que disputará la inminente Copa América en Brasil.

-¿La selección es un objetivo o una consecuencia?

-Una cosa trae la otra. Trato de hacer las cosas bien acá en Boca, y gracias a eso es que de la selección me ven y me han citado. Ojalá siga ocurriendo.

-Un partido único, y más una definición por penales, es una gran moneda al aire. ¿Qué hubiera cambiado si la suerte no se inclinaba para el lado de Boca?

-Hubiera sido un retroceso. Otra vez cuesta arriba, empezar todo de cero. Y este grupo no se lo merecía, porque hizo méritos para tener esta alegría. Ojalá sea el primer paso de muchas otras.

-Tu viejo debe estar muy feliz.

-Cada vez que salgo a la cancha miro para arriba porque sé que me está mirando y sé que está orgulloso de lo que estoy haciendo. Este triunfo también es para él.

-¿Recordás tus primeros contactos con la pelota?

Si. En el barrio Primavera tenía la canchita enfrente de casa. Con mi hermano caminábamos e íbamos juntando chicos para jugar. Yo entonces jugaba de 9. Tratábamos de juntar a la mayoría. Y siempre se armaba un picado. Y al que tenía la pelota lo invitábamos siempre. Porque había días que éramos muchos y nadie tenía pelota.

-¿Pesaban mucho los tachos con uvas?

-La verdad que sí. Yo era socio con otro chico y nos turnábamos para cosechar o cargar el tacho hasta el camión. Era muy duro, y éramos chiquitos. Cortábamos la uva y no la podíamos llevar hasta el camión.

Fue entonces que Andrada le dio una chance más a su sueño futbolista. Y un puñado de meses después del fallecimiento de su papá, se fue a Buenos Aires para probarse como arquero. Si aquello no funcionaba tenía decidido volver a Mendoza y dedicarse por completo al trabajo en el viñedo.

Entonces, los guiños del destino comenzaron a aparecer. En las inferiores de Lanús lo cobijó un maestro como Ramón Cabrero, que lo guió con su sapiencia. El salto a la selección juvenil fue casi automático. Se destacó en el Mundial Sub 20 disputado en Colombia, bajo la conducción de Walter Perazzo, y aparecieron los ojos europeos. Barcelona llegó a ofertar 5.000.000 de euros por su pase. Pero la operación no prosperó, ya que el club Granate no vendía juveniles antes de que debutaran en Primera.

Pese a la frustración, decidió quedarse en Lanús, donde hizo su estreno en 2012, con Gabriel Schurrer como DT. Cuando asumieron los mellizos Barros Schelotto, el titular pasó a ser Agustín Marchesín. Entonces, fue a buscar continuidad a Arsenal. En 2016 volvió a Lanús y Jorge Almirón le dio toda la confianza. Esa continuidad le sirvió como vidriera para que los mellizos lo convencieran de sumarse a Boca, un club grande. "Esto es un sueño", dijo apenas firmó su contrato. No mentía.

Llegó el cruce de cuartos de final con Cruzeiro en la Bombonera. Y el choque con Dedé, que le partió en tres la mandíbula. Su resiliencia le permitió no solo completar ese partido pese a la fractura, sino también volver antes de tiempo. "Volvería a salir de la misma manera", afirmó una vez curado.

La final de la Libertadores contra River en Madrid exhibió un perfil diferente. Desbordado por la situación, hizo oídos sordos al reclamo de Guillermo para que volviera al arco. Andrada buscó el 2 a 2 heroico y terminó viendo la corrida del Pity Martínez desde adentro del arco millonario. Inédito. No era su noche.

Otra vez un arquero y un penal atajado le dan un título al xeneize. Como Roma a Delem (por el campeonato de 1962), Gatti a Vanderlei (Libertadores 1977), Córdoba a Asprilla, Roque Junior y Galdames (Libertadores 2000 y 2001) y Abbondanzieri a Pirlo y Costacurta (Intercontinental 2003). Salvando las distancias, claro. Los anteriores fueron más importantes en la historia de Boca, pero Andrada también tiene motivos para mostrar su amplia sonrisa.

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