Así, se muere el espectáculo

Por Enrique Macaya Márquez Especial para LA NACION
Por Enrique Macaya Márquez Especial para LA NACION
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29 de enero de 2002  

Si uno se empeña en pensar al fútbol como un fenómeno universal y trata de vincular y divorciar paralelamente la esencia del juego con el comportamiento de los espectadores, se introducirá en un ámbito que ha recibido tratos y maltratos de parte de profesionales que, partiendo de la psicología y la sociología, producen análisis y diagnósticos no siempre coincidentes.

El fútbol juego, como toda acción conjunta que busca ganar y divertirse, queda borrosamente ilustrado en las muestras profesionales.

Allí, con otros intereses, la diversión queda subordinada por el éxito, mientras crece una nueva forma de divertido-dramático sufrimiento. Para el protagonista, en este caso el jugador, significa, más allá de un medio para ganarse la vida, una nueva forma de jugar.

Pero sucede que el fútbol tiene aspectos diferenciadores en las maneras de expresión, que están emparentadas con las diferencias técnicas, las habilidades, los rendimientos físicos, los estilos y el propio concepto para entenderlo y gustarlo. Sigue siendo el mismo, pero no igual, en los distintos lugares en donde se lo practica.

Aquí, desde una intelectualización imprudente, se ha tratado de minimizarlo hasta el ridículo, ironizando sobre los grandotes en pantaloncitos que corren detrás de una pelota. No saben interpretar el cuadro que ofrecen veintidós atletas activos en un campo y cincuenta mil espectadores pasivos en las tribunas.

Es difícil entender la realidad que determina la actividad de los inactivos, que se entienden representados por la actividad de los activos. El espectador juega.

Sobre sus conductas, las opiniones se muestran vacilantes y no aparece un diagnóstico certero. Para muchos, el fútbol como juego y como espectáculo no deja de ser un espejo de una realidad social, de un concepto de vida, de una forma de entender sus leyes, para respetarlas o violarlas.

En última instancia, el fútbol no produce energúmenos ni delincuentes, aunque gente del fútbol les libere los accesos. Más bien, permite denunciar la acción de delincuentes e inadaptados.

En nuestro país, la violencia y la ineptitud son el comentario de cada día. Hoy, la sorpresa es que no pase nada. El milagro es que todo pueda ser una fiesta. Los responsables de la seguridad responden con vacilante y negligente inseguridad. En definitiva, para el fútbol no hay corralito. Nadie sabe cerrar las puertas al desorden.

Para aquellos de la teoría del pan y circo, vale recordar que el pan está cada vez más duro y que en el circo siempre ganan los leones. Así, se muere el espectáculo. Porque la gente se mata y lo mata. El fútbol seguirá retrocediendo hacia delante. Quizá cuando la pelota pique menos, se darán cuenta de que es una calavera.

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