Ataque contra el imperio

Daniel Arcucci
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5 de mayo de 2003  

Es una costumbre muy periodísticamente argentina esa de pretender buscarle argumentos a cualquier triunfo futbolero, aun cuando este se concrete por pura fortuna o por la imprevisibilidad tan propia de este juego único.

Así, aquella luminosa mañana de Avellaneda en la que Boca venció a Racing, hace sólo un par de semanas, se creyó haber encontrado en el orgullo y en la... estrategia las razones de una pobre victoria, que resultaba más transparente explicar por las carencias circunstanciales de su rival que por las virtudes propias, exageradas para justificar el resultado.

Entonces, como la historia la escriben los que ganan también en el fútbol, quedó para mejor ocasión la inoportuna advertencia sobre algunas grietas que ya era posible apreciar en las altas murallas de ese imperio del triunfo llamado el Boca de Bianchi. La antipática observación poco peso tenía ante la soberbia sensación de imbatibilidad: "Ya nos daban por muertos, ¿no?", partía la sentencia, desde el corazón mismo del sentimiento boquense, dando por superados pequeños tropiezos en la Libertadores con una victoria que volvía a dejar la basura bajo la alfombra.

Ahora, cuando Paysandú y Vélez han pagado con la misma moneda fuerte -el incontrastable resultado- no queda otra que ver la realidad. Y la realidad dice que no es lo mismo un jugador que otro, aun cuando en el banco esté sentado el más exitoso y capaz de los DT que ha visto el fútbol argentino en la historia reciente. Abbondanzieri no es Córdoba, Burdisso no es Bermúdez, Cascini no es Serna, Tevez-Equi González-Donnet no son Riquelme, claro. Ni aun cuando ellos y algunos más hayan recibido el influjo anímico que significa tener allí, al otro lado de la línea de cal, al mismo hombre que con aquellos otros ganó todo.

Porque, hay que decirlo, con Tabárez éstos mismos parecían jugadores tibios, extraños con la camiseta de Boca. Pero bastó que llegara Bianchi para que explotaran como jugadores distintos, dignos de la historia.

Hoy, ahora, tienen la obligación de demostrarlo. Un equipo comandado por alguien creado desde una costilla de Bianchi, con la épica y la humildad de quien inicia algo desde abajo, el Vélez de Ischia, lo ha dejado en evidencia. Y otro con la nacionalidad de los que han servido para escribir la historia de grandeza, el brasileño Paysandú, lo tiene entre la espada y la pared.

Al imperio del triunfo le llegó la hora de demostrar todo su poder.

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