Barros Schelotto en Boca: un ciclo con jugadores ofensivos al que le faltó un sostén colectivo

Christian Leblebidjian
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14 de diciembre de 2018  • 23:59

No sería preciso decir que el ciclo de Guillermo Barros Schelotto llegó a su fin por los resultados. Un DT bicampeón en el ámbito local que llegó a la final de la Copa Libertadores no puede sentir que se va con las manos vacías. Sí con la frustración lógica de haber perdido el partido decisivo con River, sabiendo cómo repercuten los coletazos entre uno y otro club. En Madrid, Boca chocó con las falencias que nunca pudo corregir. Y ahí, quizás, estuvo uno de los principales déficits del proceso del Mellizo: el bloque colectivo casi nunca pudo rescatar a las individualidades. El Boca de Guillermo fue un equipo ofensivo que salió a ganar en todas las canchas, que buscó el protagonismo desde el esquema 4-3-3; incluso a veces juntando a cuatro delanteros en un 4-2-3-1 y que se hizo fuerte desde la eficacia de sus atacantes. Así ganó los dos títulos locales, campeonatos largos que le dieron la posibilidad de revancha por un traspié o cuando algún escollo fue complejo de superar. Pero cuando necesitó de soluciones inmediatas, de golpes de timón en series mano a mano o en partidos puntuales de la Copa Argentina –cuando los adversarios le cortaban los caminos con una marca más férrea y cerrándole los espacios–, se le complicó. A mayor adversidad, menor poder de Boca, menor capacidad de reacción. Juegue quien juegue, utilice el sistema que utilice. Hasta los empates conseguidos como visitante ante Cruzeiro (1-1) y Palmeiras (2-2), parado desde un 4-1-4-1 con las líneas más juntas, fueron sobrevalorados desde la solidez que tuvo como equipo en Brasil. En esos encuentros, los resultados también fueron más favorables que los rendimientos colectivos.

Barros Schelotto tuvo un saldo bastante a favor en la elección de los refuerzos y en la forma de gestionar un grupo con varias figuras. Salvo el conflicto con Osvaldo, luego dejó en el banco a egos como los de Gago, Tevez, Cardona y Benedetto. Siempre quiso armar el once con aquellos que mejores estaban. Su equipo tenía un estilo de juego reconocible que partía desde la proyección de sus laterales, aunque su rendimiento nunca generó unanimidad en los hinchas. Fue clave el cambio de Barrios por Bentancur para reactivar el medio campo y ser campeón local, pero en los partidos más trascendentales le faltó un plus, un salto de calidad para superar adversidades, lesiones, contratiempos. Como en la final en Madrid, que perdió a Pablo Pérez y Gago, y tuvo tocados también a Benedetto, Ábila y Nández. Mucha ventaja. Y cuando se corre mal, se tiene más chances de realizar esfuerzos excesivos que terminen en lesiones o calambres.

El porcentaje de acierto en la toma de decisiones de los futbolistas no fue satisfactorio, como sucedió con Barrios en la falta sobre Palacios que le significó la roja, o el mismo Andrada, yendo a cabecear en un córner cuando todavía faltaban seis minutos. Cristian Pavón, el jugador emblema, a quien el Mellizo cotizó al punto de firmar una cláusula de 50.000.000 de euros, nunca fue el mismo tras el Mundial. Si a Boca le bloqueaban las bandas, lo neutralizaban. Si los delanteros estaban en una noche mala, lo neutralizaban. Y si Barrios (el único 5 con esas características) no estaba en una buena tarde, el desorden táctico no tardaba en ofrecer grietas que eran bien aprovechadas por los rivales.

El Boca de Guillermo fue bicampeón local y llegó a la final de la Libertadores por el estilo ofensivo y la eficacia de sus delanteros (mismo motivo por el que siguió con posibilidades en el desquite de Madrid, tras un primer tiempo en la Bombonera donde fue ampliamente superado desde lo táctico por River) . No es poco lo que logró el equipo del Mellizo en su ciclo, pero a nivel colectivo le faltó rendir un par de materias que lo hubieran llevado más lejos.

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