Boca, River, 48 días y el juego de las 7 diferencias

Diego Latorre
Diego Latorre LA NACION
(0)
3 de noviembre de 2018  • 23:59

El 23 de septiembre pasado River le ganó 2-0 a Boca en La Bombonera por la Superliga evidenciando una clara superioridad futbolística. El próximo sábado, cuando vuelvan a encontrarse por la Copa Libertadores, habrán pasado apenas 48 días de aquella tarde, pero parece un mundo.

El escenario será el mismo y los protagonistas, prácticamente también. Sin embargo, las circunstancias, el entorno, lo que se pone en juego y la evolución de ambos en el último mes y medio proponen cambios en la mirada previa que me recordaron ese juego en el que hay que encontrar siete diferencias entre dos dibujos aparentemente idénticos. Juguemos.

Diferencia 1. No existen antecedentes de un Superclásico de semejante calado. Si ya de por sí disputar la final de una Libertadores es un hecho irrepetible para un futbolista, hacerlo frente al máximo rival no figuraba ni en los mejores guiones. Entonces, todos los análisis, argumentos y estadísticas resultan insuficientes.

Diferencia 2. Desde la caída 2-0 de la Superliga, Boca ha consolidado a algunos jugadores que se convirtieron en pilares en este tramo definitivo, al tiempo que Guillermo Barros Schelotto modificaba el diseño táctico hasta conseguir más certezas. Las virtudes de un futbolista deben coincidir con la zona del campo donde juegue, y ahora en Boca se ve que los intérpretes son los más adecuados para los libretos que deben desarrollar. A partir de estos puntos, el equipo se potenció y ganó en carácter. En River, Marcelo Gallardo siempre ha gestionado el plantel de un modo más reconocible. Se maneja con un grupo de 14-15 jugadores y maniobra con ellos de acuerdo al partido. Mientras los cuatro del fondo son inamovibles y Borré es el único fijo en la delantera, va mezclando a Nacho Fernández, Quintero, Pratto, Scocco y Pity Martínez en función de las necesidades puntuales sin perder capacidad asociativa para construir el juego.

Diferencia 3. Benedetto y Ábila han duplicado la capacidad rematadora de Boca. Son dos 9 que llevan el gol en sus genes y destraban un partido. River sigue siendo más sofisticado en la elaboración, aunque en los últimos tiempos ha perdido algo de contundencia.

Diferencia 4. La confianza es un proceso que el jugador vive dentro de la cancha y que crece o disminuye según las sensaciones futbolísticas que derivan del comportamiento individual y colectivo. Gallardo ha sabido gestionar estos ítems y tener siempre a todos sus hombres listos y preparados. Boca, porque se lo fue ganando, tiene hoy más confianza que hace un mes y medio, y ha logrado afianzar el sentimiento de grupo.

Diferencia 5. Boca se siente más en deuda, más obsesionado que River por el tiempo que ha pasado desde su último título internacional y las recientes series perdidas ante el equipo de Gallardo. Sus jugadores tendrán que saber gestionar desde la psique esa sensación de "todo o nada" para que no los condicione ni afecte su rendimiento.

Diferencia 6. El actual River tiene más crédito pero la presión le llega por otro lado: la Copa se definirá en Núñez y el folklore del hincha no acepta que Boca se consagre campeón en el Monumental. ¿Cuánto pesa esto? ¿Cómo medir su valor? Se supone que un futbolista está entrenado para que las situaciones externas no lo invadan del todo y pueda entrar a la cancha pensando solo en la siguiente jugada, pero la mente puede tejer un montón de historias. Dudo que la idea se transforme en una epidemia que contagie a todo el equipo, y dependerá mucho del resultado en la ida, aunque tampoco puede dejarse de lado.

Diferencia 7. La final genera un clima de euforia inigualable en el que, lamentablemente, se emplea un lenguaje dramático que el futbolista absorbe. Este es un negocio de héroes y villanos llevado hasta las últimas consecuencias en el que uno es héroe un ratito y villano toda la vida. El temor puede exagerar la prudencia para limitar los riesgos y dar lugar a partidos cerrados, trabados y con mucha fricción. El jugador sabe que con demostrar garra, fuerza y esfuerzo multiplicado por mil genera más satisfacción en el hincha y casi nadie le exige nada desde otro lugar. El entrenador puede dejarse atrapar por la creencia instalada de que se es menos ingenuo si se aumentan los cuidados en esta clase de partidos.

Si en el fútbol nunca hay certezas, mucho menos existen en este caso. En definitiva, nos disponemos a vivir los Superclásicos más trascendentes de la historia.

Esta nota se encuentra cerrada a comentarios

Descargá la aplicación de LA NACION. Es rápida y liviana.