Boca-River: Macri no quiere un desborde que nuble la recta final de la campaña

Nicolás Balinotti
Nicolás Balinotti LA NACION
Macri con Angelici, en la inauguración del centro de entrenamiento de Boca en Ezeiza, en abril del 2017
Macri con Angelici, en la inauguración del centro de entrenamiento de Boca en Ezeiza, en abril del 2017 Crédito: Santiago Cichero/AFV
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22 de octubre de 2019  • 00:01

El azar hizo que el decisivo superclásico entre Boca y River se juegue cinco días antes de una elección presidencial. En otro país, la cercanía en el calendario entre una cosa y la otra resultaría puramente anecdótica. En la Argentina, no. Mucho menos con el recuerdo aún fresco de los incidentes del año pasado que llevaron a la Conmebol a exportar a Madrid al más popular de los espectáculos deportivos domésticos.

Las gestiones de políticos vinculados al Gobierno para intentar postergar el partido para después de las elecciones existieron. Nadie quiere en la Casa Rosada que un eventual desborde en la Bombonera o en las calles porteñas nuble de incertidumbre la recta final de la campaña electoral. Mucho menos en un país de economía frágil y sumergido en una crisis profunda. Los funcionarios nacionales saben que hasta el domingo próximo el fútbol desplazará a la política de la agenda diaria. Pero la preocupación es saber si las noticias serán solo deportivas o si tendrían algún ribete policial, como se hizo una penosa costumbre.

Además, se teme que un resultado adverso de Boca, que debe remontar un 0-2, impacte en el humor social de cara a los comicios presidenciales, ya que al club xeneize se lo identifica plenamente con el presidente Mauricio Macri. También hace ruido el desgaste que significa mover una tropa de 3000 agentes de seguridad cinco días antes de la elección.

Los enviados del Gobierno exploraron sin éxito un cambio de fecha del partido. Sugirieron correrlo una semana, al martes 29, con la pulseada electoral probablemente definida. Conversaron con los clubes, pero la resistencia surgió en Asunción, donde se levanta la sede de la Conmebol. El vínculo entre las autoridades oficiales y las de la confederación sudamericana quedó guiado por la tensión desde la suspensión de la final del año pasado, que debía jugarse en el estadio Monumental. Acentúa la rispidez el saber que un puñado de funcionarios macristas tallan fuerte en la vida interna en Boca y que identifican con River a Alejandro Domínguez, el presidente de la entidad sudamericana. Habladurías que suben la temperatura de una sociedad que suele alterarse con la pelota. Esta crispación permanente por pavadas se acerca a la caricatura y agiganta la poca tolerancia a la derrota.

Por los coletazos de la crisis económica, que hizo subir el índice de pobreza por encima del 35%, Macri llegó desgastado y con complicaciones a la recta final de la campaña. Sería irónico que sea el fútbol, el ámbito desde donde se catapultó al poder, el que desestabilice la fugaz tregua que logró en las calles con sindicatos, piqueteros y la oposición kirchnerista. A él, más que a nadie, le incomodó la caída de este superclásico apenas unos días antes de resolver su reelección.

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