Superliga: Boca y River dan el último paso previo, con la mente puesta en la Copa Libertadores

Fuente: LA NACION - Crédito: Mauro Alfieri
Ariel Ruya
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28 de septiembre de 2019  • 00:10

El mejor modo de llegar a la cúspide es escalar cada paso, sin saltearse el que vendrá. El vértigo de alcanzar ese punto fijo puede desmoronar la travesía. Un partido, apenas un encuentro separa a Boca y River de la primera semifinal de la Copa Libertadores, prevista para el martes próximo, en el Monumental. El escollo previo es parte de la Superliga, el campeonato doméstico que tendrá una importancia mayúscula para el que quede a un costado del camino, luego del desquite, previsto para el 22 de octubre, en la Bombonera.

Es complejo escapar de una obsesión. Es la que tienen xeneizes y millonarios, potenciados por los últimos cruces coperos, envueltos en una adrenalina exagerada, propia de estos tiempos de efervescencia, que tantas veces supera la cordura. Los encuentros domésticos suelen tener una recompensa despareja: a Boca le va de maravillas, mientras que River no despega. El equipo de la Ribera es el líder, con 17 puntos y no solo no perdió: no sufrió goles, con el aura de Esteban Andrada y una estructura sólida y agresiva. El conjunto de Núñez quedó estacionado a 6 puntos de la cima, más allá de que es el líder simbólico en goles anotados, con 15.

El torneo local es una cuenta pendiente para Marcelo Gallardo, multicampeón internacional, más allá de sumar dos Copas Argentinas. La estirpe que cobija en cada superclásico, hace el resto. Nadie en el mundo River lo señala con el dedo por esa deuda. Sin embargo, la derrota con Vélez, en el Monumental, le da un golpe de efecto a este desafío -Gimnasia, en La Plata, desde las 17.45-, y representa mucho más que la antesala de lo que todos hablan. Más allá de no exponer a los mejores intérpretes, un traspié de frente a Diego Maradona sería algo más que un puñal.

Gallardo y Maradona se respetan, se admiran. Alguna vez, el Muñeco recordó un noble gesto de Diego -un llamado imprescindible, en tiempo y forma- cuando falló un penal vestido de selección y con la camiseta número 10. Cada vez que juega el Lobo de Maradona, las pulsaciones vuelan, comprometido por el bajo promedio -suma 0,966, solo superado por Central Córdoba, de Santiago del Estero-, el último lugar de la tabla -apenas tiene un punto- y la imagen del 10 que lo recorre todo.

En esa suerte de "festín" por Maradona (cámaras exclusivas, emociones que lo superan) y "drama" por el presente deportivo, River precisa sacar la cabeza de sus vaivenes domésticos, con un buen golpe sobre la mesa. Mientras, hace cuentas para saber si Juan Fernando Quintero aterriza en alguna de las estaciones contra Boca. La seguidilla de lesiones es amplia y multifacética. "No me preocupan los lesionados porque están entre las posibilidades. Vos competís y las rachas de lesiones han pasado siempre. Te puede pasar en cualquier momento. Queremos a todos sanos, pero no podemos blindarlos, ponerlos en una caja de cristal. El partido más importante siempre es el siguiente. Podemos ganar, perder, tener expulsados, lesionados, parte del juego. Cuando tuvimos bajas, tratamos de suplantarlas de la mejor manera posible", entiende Gallardo.

Si hay algo que Gustavo Alfaro no sufre es de ansiedad. No se marea: sabe perfectamente que antes que River aparece en el horizonte Newell's -un buen equipo de Frank Kudelka, que lucha por permanecer en primera-, a las 20, en la Bombonera. "Tenemos compromiso, inteligencia y sentido de pertenencia. Es lo más determinante del equipo. Teníamos un déficit desde el manejo de la pelota y ahora incrementamos la posesión. Son los rasgos que reconvirtieron a la personalidad de este equipo", asume, envalentonado, Alfaro.

No le tiembla el pulso: impuso su sello pragmático, tiene muñeca para dejar a un costado a Tevez y, ahora, diagrama una formación con algunas figuras. Esteban Andrada y Lisandro López, por ejemplo, apellidos indispensables de la estructura defensiva. Mauro Zárate y Wanchope Ábila, recuperados de sus largas lesiones, dispuestos a sumar minutos para lo que 'verdaderamente importa'. Es un riesgo, lógicamente, pero el experimentado conductor tiene espalda para marcar el territorio una vez más. Y no solo eso: qué mejor que mantenerse en la cúspide para ir a la caza del Monumental.

Por: Ariel Ruya
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