Brasil es de otro mundo

No ocultan nada y esta todo a la vista: los 11 probables, la variante obligada y la recuperación de unos y otros; el team brasileño no tiene misterios, algo que por el fútbol de estas tierras parece olvidado
Daniel Arcucci
(0)
25 de junio de 2002  

SAITAMA, Japón.– Desde aquí arriba es posible verlo todo. Brasil no oculta nada. Desde las alturas del palco de prensa del Saitama Stadium –cerca de las nubes grises que cierran el cielo, tan arriba como en el resto de los escenarios de este Mundial– uno puede distinguir, sin necesidad de espiar entre lonas verdes o arbustos estratégicos, cómo Felipão hará jugar a los suyos, mañana, en el trascendental partido que se les viene, en ese mismo lugar: la semifinal contra los turcos, escala obligada hacia el gran sueño del pentacampeonato.

Allí están, a la vista de todos, los probables once titulares, las variantes obligadas, los síntomas de recuperación de algunos y los sustos que provocan las lesiones posibles de otros. Allí está Brasil, al desnudo. No debería ser noticia esto, pero en este fútbol tan moderno como misterioso, lo es.

La práctica estaba prevista para las 18 y a esa hora pisaron el campo todos los jugadores, anticipándose un día al reconocimiento oficial, trámite acordado por la lluvia pronosticada para el día siguiente y que se viene con todo, parece. Y cuando todo parecía indicar, también, que la práctica se iba a desarrollar como tantas otras, el entrenador apartó a once, que armaron un círculo a su alrededor.

Nada de indicios que surgen de la observación de complejos trabajos con pelota parada: allí estaba, concreto y expuesto, el equipo que Scolari tiene en su cabeza: el arquero Marcos, indiscutible; los centrales Lucio, Edmilson y Roque Junior, no tanto, pero reconfirmados; los laterales Cafú y Roberto Carlos, tan tradicionales ellos; los volantes Kleberson y Gilberto Silva, los más atrasados; Rivaldo, por supuesto; Juninho, obviamente en el lugar de Ronaldinho, y Ronaldo, listo para ser probado.

Lo único que faltaba era un micrófono en el centro de aquella reunión –al estilo de los que se colocan en los bancos de suplentes durante las transmisiones televisivas del basquetbol– aunque en realidad no resultaba tan necesario: bastaba ver los gestos del entrenador para entender su arenga. Dicen que el hombre, más allá de todas las críticas, es un gran motivador. Y en esa tarea se lo veía nítido. Enseguida les entregó unas pecheras amarillas para diferenciarlos de sus rivales (los suplentes) vestidos de azul y con un silbatazo los invitó a jugar.

Fueron 45 minutos de fútbol, con apenas tres interrupciones del DT para marcar algo; dos goles (uno de Ronaldo y otro de Luizao) y varias consecuencias. A saber.

Marcos asustó a todos. El arquero saltó a buscar la pelota tras un córner ejecutado por Ronaldinho, chocó contra su compañero-rival Belletti y el golpe le provocó una inflamación en la parte derecha de la ingle. El arquero tendido en el piso y los auxiliares atendiéndolo como si lo estuvieran interviniendo quirúrgicamente allí mismo le dieron a la escena un aire de dramatismo. No sería poco para Brasil si se quedara sin este arquero, el primero no discutido en muchos Mundiales. Pero sólo sería cuestión de esperar un poco para saber de verdad lo que pasaba.

Ronaldo disipó las dudas. Jugó sólo 30 minutos, pero fueron suficientes para comprobar que va a estar, que va a jugar, que borraba de un soplido todos los fantasmas de 1998, que volvieron a revolotear a su alrededor. Pero nada más habría que aguardar minutos para escuchar de él mismo si esta percepción era acertada.

Juninho y Denilson pelean por un puesto. El rubio y el moreno son los dos grandes candidatos a ocupar la vacante dejada por Ronaldinho, culpa de su expulsión contra Inglaterra. El primero arrancó el partidito y el segundo lo terminó. Y eso se convertiría en la única duda que dejó la exposición pública.

Porque todo lo demás se reveló en las entrañas del estadio, hasta donde hubo que bajar para encontrarse cara a cara con quienes antes habían protagonizado 45 minutos de fútbol, simplemente eso. El primero que apareció en esa zona mixta (que así se llama el punto de reunión entre jugadores y periodistas) fue el médico del plantel, José Luis Runco. Sabedor de que la mayoría de las cuestiones apuntaba a su ámbito, no dudó en responder todas y cada una de las preguntas, algunas de ellas repetidas en insistentes. Resumiendo, de Marcos dijo: “Está bien, mañana se entrenará normalmente y no corre ningún riesgo su participación en el partido”. De Ronaldo: “Ya puede entrenarse con normalidad, y jugar la semifinal y llegar a la final –ojalá– en perfectas condiciones”.

Palabras más, palabras menos, igualito que cuando se intentó saber –seriamente– qué le pasaba a nuestro Roberto Ayala, que se quedó sin Mundial antes de empezarlo.

Enseguida, empezaron a aparecer los jugadores. Primero, hablaban con la prensa brasileña, ubicada en el primero sector; luego, con el resto de los medios internacionales. Allí se produjo el único incidente de una velada de lo más tranquila: fue cuando un periodista sin pasaporte de Brasil intentó sacar ventajas mezclándose entre ellos, justo cuando el que hablaba era Ronaldo. El grupo reaccionó defendiendo su territorio y fue necesario calmar a varios que pretendían resolver la cuestión a los golpes.

Después, los jugadores seguían con su recorrido, deteniéndose ante cada pedido. Los que juegan en Italia, con los periodistas italianos; los que lo hacen en España, con cualquier hispanohablante; todos con todos, y cuando el idioma se complicaba demasiado –desde el japonés hasta el inglés, pasando por el francés– allí se presentaba, solícito, un traductor oficial, incluso convocado por el jugador que había recibido la pregunta. Y cuando algún otro asistente llegaba para anunciar que era la última, debía esforzarse más para apartar al jugador –a Roberto Carlos, por ejemplo– que para callar a los periodistas. La impresión es que, si fuera por muchos de ellos, todavía estaríamos allí, charlando.

Seguramente, tiene que ver con que les gusta lo que hacen, se divierten con eso. Y ni siquiera las feroces críticas recibidas en los últimos tiempos alcanzan para cambiarles su idiosincrasia. Tan brasileño, todo. Tan distinto a lo que estamos acostumbrados.

ADEMÁS
Esta nota se encuentra cerrada a comentarios

Usa gratis la aplicación de LA NACION, ¿Querés descargala?