Brasil pintado de euforia

Por Luis Esnal Corresponsal en Brasil
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30 de junio de 2002  

SAN PABLO.– Imagine un país y píntelo de verde y amarillo: exactamente así estaba Brasil ayer, a pocas horas de la final del Campeonato Mundial de Fútbol contra Alemania. Puede parecer exageración pero no lo es. Una vuelta por San Pablo sería suficiente para confirmarlo: los perros circulaban con moñitos y collares verdes y amarillos; la gente andaba con gorros y camisetas. No había un edificio que no tuviera colgada una bandera brasileña. Las boutiques más finas tenían en sus vidrieras modelos de blusas verdes y amarillas. En las calles no había esquina en que no se vendieran camisetas de la selección, trompetas y papel picado. En Liberdade, el barrio japonés, de las tradicionales lámparas orientales colgaban banderas brasileñas. Los postes, el asfalto, los muros, estaban pintados de los colores patrios... Hasta los semáforos, cuando la luz pasaba de verde para el amarillo, parecían sintonizados con la euforia que invadió Brasil.

Por tercera vez consecutiva Brasil está en una final. En 1998 las expectativas fueron frustradas por el destello del fútbol francés. Esta vez los brasileños están confiados de que el único destello será el de sus grandiosas individualidades, devaluadas durante las eliminatorias y elevadas a la categoría de héroes en estos días. “¡Santa terquedad!”, decía en una revista semanal con un Felipe Scolari saltando de alegría. Sí, aquel que era considerado intransigente por pura tozudez se convirtió en ejemplo de trabajo y disciplina.

Se decía que si Brasil gana hoy el gobierno decretará mañana feriado para que todos festejen hasta el cansancio. Quizá no se confirme, ya que en caso de victoria habrá un domingo entero para festejar, pero el clima de alegría deberá perdurar semanas y puede tener hasta consecuencias sobre las encuestas para las elecciones presidenciales. Según un saber popular, cuando una selección gana el Mundial, el clima de optimismo se transforma en buena disposición hacia el gobierno.

Los preparativos se multiplicaban por todo el país. Pantallas gigantes eran colocadas en varias ciudades para que la gente se congregue en las calles y animar la fiesta tras la esperada victoria. Mientras tanto, el peinado de Ronaldo se diseminaba entre los brasileños, señal suficiente de que el jugador subió al escalón de ídolo como pocas veces.

En los medios de prensa el clima no era de preocupación, sino más bien de expectativa. Un columnista de humor del diario Folha de S. Paulo pidió que en el vuelo que traiga a la selección brasileña para su país se incluya a Buenos Aires como escala. “Como escala técnica provocativa”, sostuvo el columnista. Hasta el presidente Fernando Henrique Cardoso entró en la hinchada. “Somos un pueblo de campeones, un pueblo de vencedores, porque nos fuimos construyendo, como ahora nuestro equipo se construyó: poco a poco”. Y 170 millones de brasileños hincharán para que esa construcción no se derrumbe.

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