Cábalas en celeste y blanco

El empuje, la solidaridad, la entrega de todos... Racing apoya en esos atributos su búsqueda del título, pero también encomienda su suerte a una variedad de creencias, de las que participan jugadores, cuerpo técnico y dirigentes
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18 de diciembre de 2001  

"Nada tienes que temer/Arriba los corazones/Nada tienes que temer/ Pero nunca están de más ciertas precauciones...". Acaso no se trate de cartas astrales que envuelven patas de conejo ni de vigilar el horóscopo, pero el consejo que brinda Joan Manuel Serrat desde su "Toca madera" parece encontrar en el microclima del fútbol uno de sus más fervientes receptáculos. Es cierto que antes que nada hay que poner sobre la mesa las cualidades que se tengan, pero mientras tanto muchos no ven con malos ojos aferrarse a algún talismán protector...

En el Racing a punto de gritar campeón, estas ayudas se fueron convirtiendo en una graciosa seña particular. No se puede señalar a nadie como el introductor de estas costumbres en el grupo, porque siempre existieron -y en todos los planteles-, pero es harto conocida, por ejemplo, la adhesión del técnico Reinaldo Merlo a algunas de ellas.

¿Quién, a estas alturas, no ha visto la clásica imagen de los cuernitos del DT para ahuyentar los avances peligrosos de los rivales? ¿O su camisa azul lisa, irreemplazable hasta que la derrota con Boca obligó a desecharla por otra, también azul, pero con una fina cuadrícula blanca? La intimidad del grupo que está haciendo historia para la Academia da cuenta de muchas más.

A Mostaza se le conocen otros rituales. El reconocimiento manual del campo de juego apenas llega al banco de suplentes es uno de ellos. La costumbre de comer un choripán antes de los partidos, cábala gastronómica compartida con su ayudante y amigo René Daulte que no siempre se observó. Y están las de entre semana, como la de usar en la concentración, invariablemente, unas zapatillas Le Coq de un modelo antiguo, pero en estado impecable, hábito que provoca bromas generalizadas. O su renuncia a descartar -hasta la derrota con Boca- un buzo que lo acompañaba desde antes del cambio de marca de indumentaria: prefirió tapar el logotipo anterior con uno de la publicidad actual. O el corte de cabello a que se sometió -secundado por Daulte y por Claudio Ubeda- después de caer en la Bombonera.

Pero no es cuestión de cargarle sólo al entrenador el apego a las cábalas: los jugadores tienen las suyas, entre las conocidas, las que admiten a regañadientes y las que buscan ocultar a toda costa. Carlos Arano es el irrenunciable encargado de ponerles música a los traslados en ómnibus con su equipo portátil, y la elección es el cantante bailantero Leo Mattioli. La costumbre empezó cuando el equipo luchaba por escaparle a la promoción, y sigue hasta hoy. "Aburre, pero dio resultado...", admiten algunos.

Otra de Arano: un día, cuando transcurrían las primeras fechas, su mamá, Esther, le cargó en el bolso unos cuantos chupetines para que los saborearan él y sus compañeros. Las cosas empezaron a ir bien, y el reparto de los Pico Dulce provistos por el lateral izquierdo es más que frecuente entre varios.

Maximiliano Estévez también muestra la influencia materna en estos temas. Su madre, Isabel, suele rociar sus botines con agua bendita y llevarlos a la iglesia antes de los partidos. La creencia religiosa tiene eco en Arano, que en la mesa de luz de la concentración coloca siempre una estatuilla de la Virgen, que le obsequiaron en Luján, a la que le cuelga tres rosarios. Y Gabriel Loeschbor no se aparta de una medallita del padre Ignacio, un sacerdote rosarino.

El Chanchi agrega una de su cosecha: nunca olvida colocarse una cinta colorada en la muñeca derecha para jugar. A propósito de sus botines blancos, el color no se debe a una cábala. Es más, tras malograr un penal ante Colón, varios compañeros le pidieron que dejara de usarlos, pero él insistió. Y sacó pecho después, cuando vinieron los dos goles ante Estudiantes...

Hay más. Martín Vitali eligió un curioso ritual los días en que hay partido. Apenas antes de salir para la cancha... toma una ducha en su habitación del hotel. Sí o sí. Y, ya en camino hacia el estadio, comparte un procedimiento obligatorio con Francisco Maciel. Pancho se sienta indefectiblemente delante de él; poco después de arrancar, se levanta, se da vuelta, mira al lateral derecho y le dice: "Pela, ¿cómo estás?" "Bien" , debe responder Vitali.

Ubeda no olvida jamás llevar debajo de la camiseta, en los partidos, una remera con la foto de su hijita, Camila. Javier Lux también se anota. Un banderín rojo y negro de Cremería, su club en Carcarañá, es presencia permanente en su bolso. "No puedo dejarlo, es tan necesario como el cepillo de dientes", dice el volante, que se llevó flor de susto cuando advirtió, allá por comienzos de año, que había olvidado el distintivo en Bariloche. Alguien lo encontró y se lo envió días después.

Diego Milito no es un gran adherente a estos menesteres, aunque se le conoce una costumbre: todos los viernes va a cenar a la casa de su primo Pablo, en lo que, según afirman allegados al delantero, ya alcanzó categoría de cábala. La práctica se completa cuando su madre, Mirta, lo pasa a buscar y lo lleva a la concentración.

Están las de Luis Rueda, que sólo actuó en dos partidos en el Apertura pero que acostumbra usar siempre el mismo slip cuando le toca jugar. O las de Gustavo Arce, que anteayer debutó en el torneo: llevar siempre consigo la foto de su hijo, Cristian, de 2 años. También hay grupales: la ronda de penales al final de la última práctica semanal, el "loco" de antes de cada entrenamiento, los picados informales -con las formaciones casi calcadas- en los que se dirime quiénes pagarán los sándwiches de miga al día siguiente...

Cábalas, cábalas y más cábalas. La cuestión es no vivir pendiente de ellas pero tampoco olvidarlas. Como no las deben descuidar los miles de hinchas que esperan comprobar el domingo próximo si esa fidelidad dio resultado...

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