Cada vez más lejos

Ezequiel Fernández Moores
Los ultras de Olympiakos
Los ultras de Olympiakos Crédito: Sebastián Domenech
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18 de diciembre de 2018  • 23:59

Demasiado negocio para ser solo deporte. Demasiado deporte para ser solo negocio. La vieja frase la sufre River, que acaso se soñó rey del mundo ganándole la final del Mundial de Clubes a un Real Madrid en crisis, pero que ayer, sin lucidez, cayó en el debut ante un rival cuyo país era conocido en el fútbol más por una línea aérea que por un equipo. Que el fútbol puede, a veces, ofrecernos una versión distinta del mundo, lo había sufrido la semana pasada el nuevo propietario del Milan, Paul Singer, un hombre acostumbrado a no perder. Alimentó a su conocido Fondo Buitre con las crisis de deuda de la Argentina y Grecia y lleva invertidos unos 300 millones de euros en el club siete veces rey de Europa y que sirvió de trampolín político a Silvio Berlusconi. Singer fichó entre otros al Pipita Higuaín. Gastó fortunas. Pero la UEFA acaba de advertirle que si no ordena las cuentas será excluído de las competencias y sufrirá una quita de 12 millones de euros. No fue todo.

El jueves pasado, el Milan de Singer jugaba su permanencia en Liga de Europa justamente en la Grecia empobrecida. Podía darse el lujo de perder por un gol. Pero cayó 3-1. Los ultras de Olympiakos lo recibieron con una coreografía de la serie de Netflix "La Casa de Papel". El cartel gigante mostraba a los ladrones de TV de mameluco rojo y máscaras de Dalí y a "La Casa del Trofeo". Era el trofeo que le birlaban al poderoso Milan. Los ultras se llaman "Gate7" en homenaje a los 21 hinchas muertos en una tragedia de 1981, una Puerta 12 griega. El magnate Evangelos Marinakis, su presidente, fue suspendido de por vida en 2015, luego sobreseído, acusado de comprar partidos. Marinakis sobrevivió también a acusaciones de narcotráfico. Este año le compró a un jeque kuwaití el club inglés Nottingham Forest. Olympiacos gana siempre en Grecia desde que él se adueñó del club en 2010. Ahora le ganó a Singer.

Siempre más adinerado, el fútbol europeo se preocupó por evolucionar. Domina desde hace años fuera y dentro de la cancha. Selecciones y clubes. La disputa sin incidentes de la final de la Libertadores en Madrid idealizó aún más a ese Primer Mundo de dirigentes, clubes e hinchas supuestamente intachables. Haber permanecido una semana en Europa ayudó a ver un escenario más completo. El mismo día glorioso de Olympiacos, fanáticos del alemán Eintracht Frankfurt devastaron el centro de Roma antes de su partido ante Lazio. Es la capital italiana con paredes que dicen "Pallotta go home". Fueron pintadas por hinchas de la Roma cansados de su presidente estadounidense James Pallotta. Más indignados lucieron aquel mismo jueves los hinchas del Sevilla en su partido ante el ruso Krasnodar. Cantaron ruidosos el Himno del Centenario del club, tapando inclusive al de la UEFA. Arrojaron bufandas a la cancha. Y gritaron todos juntos "¡El Sevilla no se vende!".

El equipo de Ever Banega acumula en lo que va del nuevo siglo seis títulos europeos y tres nacionales. Ingresó 900 millones de euros en los seis últimos años. Tiene un presupuesto cercano a los 200 millones (cuatro veces más que River). Beneficios de 30 millones. "Una perita dulce para los inversores extranjeros", dice El Diario de Sevilla. Sus acciones se movieron de modo inédito en los últimos meses. Difícil "resistir a la realidad de un fútbol imbuído de tiburones financieros". Opositores denuncian que la compraventa de acciones tiene como sede una firma con domicilio en Delaware, paraíso fiscal, y abogados de Nueva York. Más difícil es la situación del Reus, club catalán de Segunda División, fundado en 1909 y que el sábado, agobiado por las deudas, estaba condenado a jugar su último partido. El dinero apareció a último momento. Los salvadores habrían sido el famoso agente portugués de Cristiano Ronaldo Jorge Mendes y el singapurense Peter Lim, dueño del Valencia.

La multipropiedad (mismo patrón en clubes distintos) es una excepción del fútbol mexicano tolerada por la FIFA y también presente en el Mundial de Clubes con el Chivas de Jorge Vergara, accionista además del Coras de Tepic, del ascenso. Igual que el Grupo Pachuca que también controla aquí a Talleres de Córdoba. Chivas fue el primero de Latinoamérica eliminado esta semana en Abu Dhabi. Ayer fue el turno de River, representante de nuestros clubes asociaciones civiles. De los socios o de los magnates, los clubes latinoamericanos están cada vez más lejos. Por eso, la FIFA quiere ampliar el negocio del Mundial a 24 equipos con dineros de Arabia Saudita, financista hoy complejo. Y por eso tal vez los clubes europeos proyectaron una Superliga propia. Sería un Mundial nuevo, sólo europeo. Su representante máximo, Real Madrid, juega hoy su chance. Buscará una final de su camiseta Fly Emirates vs. Al Ain. Negocio redondo para Emiratos Árabes Unidos, un fútbol de clubes que no discuten si SA o Asociaciones Civiles, sutilezas para una monarquía que reina desde 1793. Real Madrid es 13 Champions, presupuesto de mil millones de euros, deudas reales –según opositores- de 450 millones y un presidente sin rivales, porque presentar avales por 75 millones de euros es cosa de Florentino Pérez y no muchos más. Aún en crisis de juego, Real Madrid sigue siendo la Casa Blanca. River soñó con ser La Casa de Papel.

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