Chilavert, bajo el peso del tiempo

Claudio Mauri
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27 de abril de 2004  

La realidad fue más fuerte que la leyenda en el caso de José Luis Chilavert. El inefable paraguayo tenía muy avanzada la decisión de retirarse a tiempo, pero cedió a la tentación de sacarle un poco más de jugo a una trayectoria de la que ya había exprimido lo mejor. Por su carácter, Chilavert no es un jugador que se deje manejar la carrera ni que permita que lo lleven de las narinas adonde no quiere. Pero en esta ocasión, mucho influyó la insistencia del presidente de Vélez, Raúl Gámez, para que estuviera en la Copa Libertadores.

La apuesta naufragó rotundamente. Vélez fue eliminado en un grupo en el que no tenía rivales de fuste (Once Caldas, Fénix y Maracaibo). El "campeonato económico" que se fijó Gámez como objetivo prioritario para sanear las finanzas del club se quedó sin ese filón que es el dinero que ingresa por cada etapa que se supera. La vuelta de Chilavert podía ser una buena fuente de divisas por su poder de convocatoria (en el primer partido, ante Maracaibo, hubo 30.000 hinchas, en la mayor asistencia del año en Liniers) y por el soporte deportivo para aspirar a una campaña interesante.

Pero Chilavert no sólo no acaudilló a un equipo tan inexperto como discontinuo, sino que no cumplió con la primera y elemental responsabilidad de un arquero: impedir los goles evitables. No afinó un estado físico al que ya le sobraban kilos desde la época en que estaba en Racing de Estrasburgo. Pesado, sin capacidad de anticipo ni agilidad para alcanzar las pelotas que exigieran una volada, el dedo acusador lo señaló en goles recibidos ante Maracaibo, de local y visitante, y Fénix, en Maldonado, en un tiro libre que retrató lo mucho que sufría para llegar a la pelota cuando no le venía al cuerpo.

La despedida de la Libertadores, el jueves último, fue impropia para alguien que supo de páginas gloriosas. En un lugar sin tradición futbolística, como Maracaibo, ante un rival que en otra época habría sido una presa fácil para su liderazgo, e inerme receptor de cuatro goles, en uno de los cuales traslució cierto patetismo al quedar de rodillas y caer hacia adelante vencido por la impotencia.

Desde un principio se especuló con que su regreso a Vélez estaba compuesto por dos capítulos: el último como jugador y, a continuación, el primero como director técnico. Para alguien que siempre se ufanó de ser un ganador, su lado falible quedó al descubierto por un rival que habitualmente no da revancha: el paso del tiempo.

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