Collina: la otra estrella de la final

"Estoy orgulloso. Es la satisfacción más grande de mi carrera", dijo el referí italiano que, en el Mundial de los arbitrajes cuestionados, tendrá a su cargo la definición entre Brasil y Alemania
Daniel Arcucci
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28 de junio de 2002  

YOKOHAMA.- A esta hora, si es que no se está entrenando, Pierluigi Collina estará encerrado en su habitación del lujoso Hotel Academia de Chiba, retiro de los árbitros en esta mitad del Mundial, concentrado en las imágenes que le devuelve su televisor. No, no se observa a él mismo en acción ni, mucho menos, mira la publicidad de Adidas que lo tiene a él como actor y que ha generado la única discusión alrededor suyo de los últimos tiempos. No. Lo que Collina observa y mira con suma atención son los partidos de Brasil y de Alemania en este Mundial que los tiene a los dos como protagonistas de una inédita e histórica final, y que él dirigirá.

Seguro que está haciendo eso, porque ha declarado: "Lo único que quiero ahora, tras ser designado, es entrenarme a fondo, como siempre lo he hecho, y estudiar las tácticas y las características de los dos equipos. No quiero que tengan secretos para mí".

Siempre lo ha hecho esto de aprenderse de memoria los perfiles de los equipos con los que tiene que jugar , para entender sus reacciones, para anticiparse a sus intenciones. Lo hacía en sus orígenes, cuando siendo muy joven arbitraba los partidos infantiles. Entonces, se aprendía de memoria cada nombre de los pequeños futbolistas y por ellos los llamaba cuando les marcaba una infracción o les hacía una observación, durante el juego. Esto provocaba en los chicos una reacción en la que se mezclaba la sorpresa, el respeto y la admiración. Y como lo mismo sigue haciendo ahora -estudia las tácticas de los equipos y habla mucho con los jugadores durante el partido, llamándolos por su nombre-, lo que genera es exactamente similar, aunque tenga en sus manos la posibilidad de juzgar las acciones de las más grandes y millonarias estrellas, en lugar de las de aquellos pibes que no entendían cómo podía conocerlos a todos.

Convertido al arbitraje desde finales de los años setenta, cuando un amigo suyo lo invitó a presentarse a una prueba para entrar en la escuela de referís (vieja historia de las figuras, él entró y su amigo quedó afuera), este calvo carismático siente ahora que está tocando el cielo con las manos: "Estoy orgulloso, es la satisfacción más grande de mi carrera. Y esta satisfacción la comparto con todos los árbitros italianos, más que nada con aquellos que se esfuerzan cada día y, en el fin de semana, tienen un pequeño partido para dirigir. Sergio Gonella fue el único de los nuestros que alguna vez dirigió una final en toda la historia de los mundiales y ese dato me da más felicidad todavía. Soy consciente de las dificultades, no es un momento fácil, pero buscaré estar a la altura. Ahora, lo único que me interesa es prepararme del mejor modo para dirigir esta final que enfrenta a dos escuelas futbolísticas bien diferentes".

Pelado desde 1986, cuando una enfermedad repentina lo dejó con el look que se le ve ahora, pensó en un principio que el aspecto le restaría autoridad para dirigir. Jamás imaginó que eso se convertiría en una más de sus tantas marcas registradas. Como su sitio oficial en Internet, www.pierluigicollina.it , o como su participación en la publicidad de Adidas, cartel que comparte con estrellas como Zidane, Raúl o Aimar. Quizá por eso, ya convencido de su vocación y su manera de desarrollarla, ha declarado: "No estoy de acuerdo con aquellos que aseguran que el árbitro tiene que pasar inadvertido. El árbitro se nota en la cancha -y debe notarse- porque tiene que tomar todo el tiempo decisiones impopulares, aunque justas. Porque es impopular, por ejemplo, cobrar dos penales en contra de un mismo equipo en un partido. Y si se dan, hay que cobrarlos". Y no es lo único que ha dicho, relacionado con su altísimo perfil: "Lo único que me falta para ser absolutamente feliz antes del comienzo de un partido es que, tras los himnos de los dos equipos que se enfrentan, pueda escucharse el mío, el de Italia. Sería lo máximo".

Dentro de unas horas, cuando esté plantado frente al mundo en esa situación -sin el himno suyo, pero sí con el de los otros- tendrá parados a su derecha y a su izquierda, hombro con hombro con él, a dos equipos que no sólo representan una manera diferente de jugar, como él mismo ha declarado. También a dos contendientes en la batalla de las marcas de ropa deportiva, los gigantes Adidas y Nike. Y en un Mundial oscurecido por las sospechas, no falta quien ha hecho notar que él comparte con uno de los dos -con Alemania, precisamente- la representación de una de las marcas: Adidas. No necesitó defenderse; antes salieron a hacerlo Joseph Blatter y, más importante todavía, el propio Scolari, que lo calificó como "el mejor árbitro del mundo, lo mejor que le podía pasar a la final". El, mientras tanto, sólo declaró: "Cuando una empresa elige a un árbitro para realizar una publicidad, no ayuda sólo a su imagen, sino a la de todos. El valor de mi participación en ella no es para mí, sino para cada colega, que alguna vez tendrá la misma oportunidad".

Collina la tiene ahora, y no piensa desaprovecharla. Tendrá en sus manos la justicia del desafío entre dos potencias, las más ganadoras de toda la historia de los mundiales, jamás confrontadas hasta ahora. "Es curioso: nunca dirigí un partido de Brasil, este será el primero. Pero conozco bien, muy bien, a cada uno de sus jugadores." A los alemanes también, por supuesto; los ha dirigido en más de una ocasión, entre la primera vez -24 de abril de 1996, Holanda 0 v. Alemania 1- y la última -1° de septiembre de 2001, Alemania 1 v. Inglaterra 5-. Siempre, en cada caso, ha tratado de imponer su estilo: para traducirlo al diccionario futbolero argentino, un "castrillista con sonrisa".

Aquí, en el Mundial de los escándalos arbitrales, lo ha logrado. Por eso estará en Yokohama con los mejores: porque es el mejor. Lo demostró en los dos partidos que le tocó dirigir. Primero, la Argentina contra Inglaterra, por la primera rueda, en Sapporo: "La experiencia de dirigir ese partido fue única y no sólo por quienes jugaban; también por el escenario, impresionante, cerrado. Era muy diferente el ambiente que se respiraba allí". Segundo, Japón ante Turquía, por los octavos de final, en Miyagi, lejos de cualquier sospecha de favoritismos locales: "No soy yo quien debe juzgar la actuación de mis compañeros. Sólo me tengo que ocupar de ser justo", ha dicho. El próximo domingo 30, con los ojos del mundo posados sobre él al mismo tiempo que sobre Ronaldo o Khan, tratará de refrendar aquello que se dice de él. Que es el número uno.

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