Con Leo a todas partes

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30 de mayo de 2009  

BARCELONA.- Siempre al filo. Siempre tan cerca de conseguirlo como de fracasar en el intento de seguir a Lionel Messi a todas partes. Siempre al límite. De esto se trató la cobertura de la final de la Champions League que ganó Barcelona y del seguimiento al nuevo rey del fútbol mundial. Y de estar en el momento justo y en el momento adecuado, como se suele decir.

Como enviado especial de LA NACION, se recorrieron unos 12.000 kilómetros para estar cerca del protagonista del momento. Gran parte de la cobertura había sido preparada de antemano para seguir de cerca a la nueva joya argentina, pero los contratiempos siempre estuvieron a la vuelta de la esquina, o de cada carrer (calle en catalán). Hubo que repetir miles de veces la frase: "Por favor, Leo me conoce, déjeme esperarlo en un lugar que me vea", en función de la resistencia que ofrecían los hombres de seguridad del club catalán.

De todo esto se trataron estos días en Barcelona y en Roma. Moverse siempre contra el poco tiempo que dispone un personaje de semejante envergadura, que tiene el teléfono direccionado para recibir llamadas sólo de sus familiares, y únicamente de los más directos. Se lo esperó en todos los lugares posibles: en el estacionamiento del Camp Nou (escondido detrás de la camioneta de Thierry Henry y de saludar como si fuésemos amigos de toda la vida a Dani Alves); en la sala de prensa (ansioso y consumiendo todo el café posible); en la platea (refugiado en el sector que habitualmente ocupa la familia, rigurosamente, cuando ve los partidos y cuando acompaña a la Pulga en las prácticas) o en un restaurante de Castellsdefells? Y en Roma, vaya, si hasta hubo que subirse al motorino de Sam, un muchacho de unos 20 años, nacido en Cabo Verde, que ofició de medio de transporte a la salida del estadio Olímpico ante la escasez de taxis para seguir adelante con la misión. No había cómo moverse. Fue entonces que, a cambio de 30 euros, se pudo llegar antes que el plantel de Barcelona al Gran Hotel Vía Veneto. El casco que se salía a cada rato y los movimientos entre el incesante tránsito romano resultará una imagen difícil de olvidar. Para contar por siempre.

Si, se trató de andar un camino con paradas insólitas.

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