Confianza ciega: los turcos no le temen a Brasil

Después de la victoria que los dejó en las semifinales, Ulusoy Haluk, presidente de la federación turca, dijo desafiante: “Qué pase el que sigue”
Después de la victoria que los dejó en las semifinales, Ulusoy Haluk, presidente de la federación turca, dijo desafiante: “Qué pase el que sigue”
Daniel Arcucci
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23 de junio de 2002  

OSAKA, Japón.– “Que pase el que sigue.” Fue todo lo que respondió el presidente de la federación turca de fútbol, Ulusoy Haluk, casi corriendo por el pasillo de la zona mixta, en las entrañas del estadio Nigai Osaka, cuando un periodista de su misma nacionalidad que servía de traductor de oficio para todo el resto le preguntó, simplemente, cómo se sentía. Los turcos no son de dar respuesta de ocasión. Uno los escucha y empieza a entender que debajo de esta nueva sorpresa –Turquía semifinalista– hay raíces muy fuertes bien regadas por la convicción de no sentirse menos que nadie.

Aun antes de que su equipo acabara con la utopía africana y que Corea del Sur se robara la ilusión española, el mismo Haluk había declarado: “Sueño con una final ante los coreanos, dirigida por mi amigo Collina”. No se sabe si ya sabía lo que sucedería en ese sábado mundialista febril, pero evidentemente imaginaba posible lo imposible.

Enseguida, el entrenador. Masacrado por la prensa de su país, sin antecedentes demasiado valiosos antes de asumir en la selección, y aun consiguiendo resultados después, el bueno de Senol Gunes se mantuvo firme en su puesto. ¿Por qué? “Porque en Turquía vale más ser amigo de quienes tienen el poder que de los que tienen trayectoria”, fue la respuesta del mismo periodista, ahora oficiando de intérprete de actitudes. Ahora el hombre disfruta de su revancha. Y afirma, sin complejos: “Nosotros iniciamos esta verdadera revolución después de la Eurocopa del 2000. Ahora estamos en el lugar que nos merecemos. Contra Brasil será otro partido, diferente del que ya jugamos. Las chances que tenemos contra ellos son las mismas que contra cualquier otro: cincuenta y cincuenta”.

Aparecen los jugadores. Pero ellos no hablan. Enojados con las críticas recibidas desde antes del Mundial, fortalecidos por los éxitos en el Lejano Oriente, resolvieron volver al silenzio stampa que ya habían impuesto tiempo atrás. No hablan con palabras, claro, pero sí con hechos. Como el provocado por este Mansiz, que tiene condimentos encima. La cosa es que él no forma parte del clan Sukur. Y eso, en la interna turca, significa el aislamiento, siempre según el mismo periodista, ahora devenido confidente. Mansiz no es del Galatasaray, pero sí el máximo goleador del fútbol turco, con la camiseta del Besiktas. Por lo primero es que jugó apenas nueve partidos con la selección. En uno solo arrancó como titular. Que la tiene difícil, el muchacho, está claro. Que se la banca, también.

Igual que Turquía, en realidad. Que escribe su historia a lo grande y deja historias grandes para escribir.

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