Gallardo consiguió que River volviera a "enamorarse" de la Copa Libertadores

Francisco Schiavo
Francisco Schiavo LA NACION
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30 de julio de 2019  • 23:00

"Vamos a tener que buscar una novia que nos enamore nuevamente, porque de eso nos alimentamos". La frase de Marcelo Gallardo, allá por el 25 de enero de este año, hacía referencia al efecto posfinal de Madrid ante Boca, en la histórica Copa Libertadores de 2018. River acababa de perder con Unión por 2-1 en uno de los partidos pendientes de la Superliga y allí empezaba una etapa en la que le costaría focalizarse otra vez. De eso se trata la historia reciente de River. Al menos la que vincula a Gallardo con la parte más exitosa del pasado rojiblanco. De invenciones y de reinvenciones. Como la de anoche, en Belo Horizonte, en la que los millonarios tuvieron otra vez ese brillo en los ojos tan difícil de explicar. Sí, debe haber sido amor.

La presunción de que algo no andaba bien quedó instalada desde el mismo penal a las nubes de Matías Suárez en el final del primer partido, en Núñez. Pero en cada oportunidad parecida da vueltas por la cabeza otra recordada arenga de Gallardo. En este caso la que hizo después de la derrota frente a Gremio por 1-0, en el Monumental, en busca de la final del año pasado. "Que la gente crea porque tiene con qué creer en este equipo". Tras el primer 0-0 ante Cruzeiro no hicieron falta más palabras de seducción. El público, desde hace rato enamorado, ya creía por sí solo.

Con esta mentalidad, River siempre parece atraído por la Copa Libertadores. Y Gallardo revolotea como una especie de Cupido, capaz de convencer a los menos crédulos. Porque este River no es el mismo que aquel que pudo olvidarse de otros compromisos con el solo objetivo de la gloria deportiva. Este River, por ejemplo, no se reforzó en el mercado de pases y está a la espera de lo que pueda suceder en las próximas horas con la llegada del defensor chileno Paulo Díaz, la única petición de Gallardo, al que no le queda otra más que adaptarse a la nueva realidad económica del club. Lejos de los flashes y de los efectos mediáticos.

El convencimiento de una idea demuestra que también se puede dar pelea sin lujos excesivos y con un plantel no demasiado numeroso. Siempre con Armani como columna, claro. Pero con la aparición de una joven promesa colombiana, como Carrascal, que estuvo más cerca de irse que de quedarse. Con la ferocidad de un Casco recuperado hace tiempo. Y casi sin Ponzio, que apenas pudo jugar 45 minutos, aquejado por las molestias físicas. Todo esfuerzo, puro sacrificio. Eso es también enamorarse, pero, sobre todo, enamorar.

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