Egos, orgullo y resultados: cómo River hace las cosas bien durante tanto tiempo

Francisco Schiavo
Francisco Schiavo LA NACION
Gallardo, el DT que tiene la receta para llevar a River a otra final de la Copa
Gallardo, el DT que tiene la receta para llevar a River a otra final de la Copa Fuente: LA NACION - Crédito: Rodrigo Néspolo
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23 de octubre de 2019  • 00:19

No hay nada más difícil que hacer las cosas bien durante mucho tiempo. Sostenerse sobre un delicado equilibrio entre el más alto nivel y, ante todo, los éxitos. River llegó a la segunda final consecutiva en la Copa Libertadores porque la porfía de un hombre, Marcelo Gallardo, consiguió que nada descarrilara pese a la sucesión histórica de logros. Algunos se relajan. Otros se cansan. Muchos se enceguecen. Varios, directamente, pierden el rumbo. River no se le permitió y, por la idiosincrasia de los últimos tiempos, no se lo permitirá por un largo rato.

Todo se potencia cuando Boca está en el camino. Así fue en Madrid, el año pasado. Y así ocurrió en ruta que, como en un juego de mesa, otra vez tiene a los millonarios en el casillero del final. Ahí está buena parte del secreto. River también se nutre de la energía del rival. Se focaliza y se alimenta de los grandes retos, como si estuviera tallado para exclusivos desafíos entre pura sangre. Se apasiona en la victoria, como en el Monumental. Y resiste en la derrota, como en La Boca, en busca del resultado global del alivio.

River no para dentro de la cancha. Compite y se autoxige. Cualquiera puede entrar y cualquiera puede salir. Sobran los ejemplos. De la Cruz, antes resistido, corre y corre, y cada vez es más importante. Antes fue Pity Martínez, al que la gente no soportaba y por el que, ahora, aunque lejos, sienten adoración. Ponzio, el gladiador, espera en el banco. Igual que Pratto, el de los goles cruciales. Los futbolistas, así, le creen al entrenador. Hay armonía general. Y los roces -que los hay, por supuesto- se resuelven lejos de la prensa y las redes sociales. Tampoco en eso es fácil mantener una conducta sin caer en tentación de los intereses personales.

Los millonarios avanzan también por su estructura. D'Onofrio delega en Francescoli, un manager para nada intrusivo, que también deja buena parte de las decisiones en Gallardo, probado gerente general. Conviven. Los egos y las rispidices quedan sumergidas. No salen a la superficie por el bien de un club. De su club. Así es mejor para todos.

La final de la Copa Libertadores es un hecho. La Bombonera grita por orgullo, por gratitud, pese a la eliminación. Los saltos de los jugadores de River la atraviesan como si por ella pasara una estampida de elefantes. Otra vez en el más alto nivel. Nada se resume en la casualidad.

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