El ADN del campeón: la mística de River se mantiene con la guardia alta

Ariel Ruya
Ariel Ruya LA NACION
Un sello de este River: el gol del empate lo convirtió el atribulado De la Cruz y se celebró mucho más
Un sello de este River: el gol del empate lo convirtió el atribulado De la Cruz y se celebró mucho más Fuente: FotoBAIRES
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29 de agosto de 2019  • 23:59

No hace falta que sea una maravilla. Puede resbalar en la última línea, estar bloqueado en la zona media y no disponer del colmillo afilado en los metros finales. River solo precisa exhibir su camiseta. En los últimos años –más allá del título inolvidable de 2018–, el equipo millonario es la mejor expresión de cómo jugar la Copa Libertadores . Tiene lo que hoy perdieron –o nunca tuvieron– los demás: mística de grandeza en el campo internacional.

La que no tuvo en buena parte de su historia, cuando se exhibió como el más grande, pero solo en el terreno doméstico. Marcelo Gallardo lo hizo: más allá de los sistemas, de los cambios de nombres, de olvidos y grandezas, River tiene una inequívoca identidad. La camiseta de la banda roja es la más pesada de América del Sur desde 2014, con el título de la Copa Sudamericana. Se convirtió en un sello de distinción, con dos Libertadores, tres Recopas, épicas victorias contra Boca. River no era así, ni siquiera cuando salió campeón del mundo en 1986, ni siquiera cuando logró algunos triunfos internacionales en la década del ‘90.

Y se mantiene en el tiempo, con la guardia alta. Tal vez tiene algo de aquel Boca conducido por Carlos Bianchi, cuando entre 2000 y 2004 logró títulos históricos y finales coperas.

Como aquel Boca, este River no precisa jugar bien. O muy bien. En Asunción, se marea en buena parte del primer tiempo, los zagueros son un despiste, se lesiona Nacho Fernández, uno de los imprescindibles, hace rato que Ponzio no juega, Pinola espía desde el banco, Pratto ingresa apenas por un puñado de minutos. Y no se encoge nunca.

Es el candidato, al margen de que Boca –y todo lo que provoca el superclásico–, Gremio –otra formación con épica internacional– y Flamengo –y sus millones–, completan una doble semifinal ideal. Ganó la Libertadores 2015, quedó instalado en las semifinales luego de la polémica por el VAR contra Lanús en 2017, logró la Copa contra Boca en el Bernabéu. River convive en las alturas, no le tiene temor, como en tiempos en los que debía ser colosal para mantenerse en la escena internacional.

Es como Rafael Nadal sobre polvo de ladrillo: si pierde, si queda de rodillas, debe ser una excepción, su adversario ocasional debe crear una obra maestra. Como el español en el tenis, tiene la mejor cabeza del circuito copero.

La segunda parte tiene su sello. El golazo de De la Cruz, tras las controvertidas últimas horas, y la frescura de Ferreira son otros de sus asombros. River gana siempre, aún cuando no gana. Es mística. La que no tenía su historia.

Por: Ariel Ruya
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